Valentina y Lucia, primas adictas al sexo. (¿Fin?)
Los padres estaban en la escalera, completamente desnudos. Roberto, erecto, grande, similar a su hijo pero más maduro. Elena, hermosa, caderas anchas, vagina húmeda brillante..
Durante las vacaciones decidieron ir al bosque.
Valentina llegó el primer día, mochila en mano, invitada «oficialmente» por la familia. Los padres sonrieron, ya sabían que ella era parte de esto, la sobrina-prima que compartía la cama con sus hijos.
La cabaña tenía exactamente esa distribución: la habitación principal para los padres, con cama matrimonial y baño privado, y una segunda habitación más pequeña con dos camas individuales empujadas contra las paredes opuestas. Las primas ocuparon una cama juntas, «para aprovechar el calor», dijeron. Mateo tomó la otra, solo, a tres metros de distancia, el sonido de su respiración audible en la oscuridad.
La cena fue frente al fuego. Valentina se había puesto cómoda: un shorts cachetero negro, tan corto que los pliegues de sus nalgas asomaban por debajo, y un top blanco cortísimo que apenas cubría sus pezones, dejando ver su abdomen plano, su ombligo redondo y sexy, la piel brillante de sudor por el calor de la chimenea.
—
En la habitación de los chicos, oscura, solo la luz de la luna entrando por la ventana. Mateo en su cama, fingiendo dormir, escuchando. Las primas en la otra cama, bajo una sola cobija.
Valentina fue la primera. Su mano encontró la cadera de Lucía, deslizándose despacio, acariciando la piel suave, subiendo por su costado, sintiendo el sudor de su abdomen, bajando de nuevo. Lenta, muy lenta, sus dedos llegaron al muslo, lo subieron, y encontraron la humedad.
Lucía abrió las piernas sin decir palabra. Valentina pasó los dedos por el exterior primero, los labios mayores, acariciando la carne suave, húmeda, caliente. Luego separó suavemente, y sus dedos rozaron los labios internos, rosados, brillantes, hinchándose bajo su toque, pulsando de excitación.
Subió más, encontró el clítoris, ese botoncito duro, erecto, y lo rodeó en círculos lentos, sin prisa, mientras Lucía mordía su almohada para no gemir.
Valentina se acercó más, besó a Lucía, metió su lengua, y siguió frotando, más rápido ahora, más fuerte, sintiendo cómo Lucía se tensaba, cómo su cuerpo temblaba, cómo su vagina se contraía. El orgasmo llegó silencioso, largo, profundo, mientras sus lenguas se enredaban, tragando los gemidos, el placer compartido en la oscuridad, a metros de su hermano que escuchaba cada respiración agitada.
La mañana llegó con luz blanca reflejada en la nieve. Los padres aún dormían en su habitación, puerta cerrada.
Lucía bajó primero, con su camisa de dormir a media nalga, sin nada debajo, los pezones erectos marcándose contra la tela delgada. Valentina detrás, en shorts cachetero y top corto, el ombligo expuesto, las nalgas asomando. Mateo último, en boxer ajustado, su erección matutina visible, grande, sin vergüenza.
Se sentaron en los sofás frente a la chimenea, donde aún quedaban brasas calientes. Nadie dijo nada. El silencio era cómplice.
Mateo fue el primero en moverse. Se bajó el boxer, liberó su pene, y Valentina se arrodilló frente a él sin que nadie se lo pidiera. Lo tomó con ambas manos, lo metió en su boca, chupando largo, profundo, mientras Lucía se sentaba a su lado, masturbándose ella misma, dedos entrando y saliendo de su vagina húmeda, observando.
Luego Lucía se acercó, se inclinó, y tomó el pene de Mateo cuando Valentina lo soltó. Ambas primas alternaban, una chupando, la otra masturbándose, un círculo de mamadas y dedos, el sonido húmedo llenando la sala, hasta que Mateo se vino, chorros de semen cayendo sobre sus caras, sus pechos, sus manos.
Se abrazaron, temblando, cubiertos de semen, cuando una voz rompió el silencio.
—No empiecen este día sin nosotros.
Los padres estaban en la escalera, completamente desnudos. Roberto, erecto, grande, similar a su hijo pero más maduro. Elena, hermosa, caderas anchas, vagina húmeda brillante.
Roberto caminó directo a Valentina, la tomó de la mano, la levantó del sofá. Elena hizo lo mismo con Lucía, besándola en los labios, lengua entrando, posesiva.
—Mi turno —dijo Roberto a Valentina, guiñándole un ojo.
—Y el mío con mi hija —susurró Elena a Lucía, sonriendo.
Roberto tomó a Valentina de la cintura, la acostó en la alfombra de piel frente a la chimenea. Se posicionó entre sus piernas, su pene maduro, grueso, la vena central marcada, la punta brillando de precum. Con una mano guió su entrada, con la otra acarició su muslo, despacio, experto.
Empujó.
Valentina gritó, arqueándose. Roberto entró centímetro a centímetro, sintiendo cómo se abría, cómo cedía, hasta el fondo. Esperó, inmóvil, dejándola adaptarse, su respiración controlada, dominada.
Luego comenzó.
El ritmo era perfecto, calculado. Sacaba casi todo, dejando solo la punta dentro, el rosado brillante, y volvía a entrar, completo, *plap*, sus pelotas golpeando suavemente sus nalgas. Cada metida acompañada de un gemido agudo de Valentina, cada salida con un sonido húmedo, *chack*, la humedad creciendo, brillando en su pene, rosado, rojo, resbaladizo.
—Así, tío —gemía Valentina—. Así, por favor…
Roberto aceleró, sus caderas moviéndose con precisión de años de práctica, cada ángulo calculado para golpear el punto exacto dentro de ella. El sudor brillaba en su espalda, en su frente, gotas cayendo sobre el pecho plano de Valentina, mezclándose con sus propias gotas de excitación.
—
Al mismo tiempo, Elena había tomado a Lucía, la había acostado en el sofá, separando sus piernas con manos suaves pero firmes. Se inclinó, su lengua saliendo, y lamió desde el ombligo de su hija hasta su vagina, largo, lento, saboreando.
Lucía se estremeció, sus manos agarrando el cojín. Elena metió la lengua profundo, separando los labios rosados, hinchados, brillantes de la excitación acumulada. Chupó el clítoris, lo rodeó en círculos perfectos, metió dos dedos curvándolos, buscando ese punto que hacía que Lucía perdiera el aliento.
—Mamá —susurró Lucía, sin saber si decirlo, pero Elena solo chupó más fuerte.
Los sonidos se mezclaban: el *plap plap* de Roberto penetrando a Valentina, los gemidos agudos de la prima, el sonido húmedo de la lengua de Elena en su hija, los jadeos de Lucía. El olor a sexo, a sudor, a humedad, llenaba la cabaña, mezclándose con el humo de la chimenea.
Valentina se vino primero, un orgasmo largo, su vagina apretándose violentamente alrededor del pene de Roberto, chorros de humedad salpicando sus muslos, el suelo, la alfombra. Roberto no paró, siguió cogiéndola a través del orgasmo, expertamente, prolongando su placer hasta el límite.
Lucía vino segundos después, su espalda arqueándose del sofá, un grito ahogado mientras su madre chupaba su clítoris sin piedad, tragando sus jugos, los dedos curvados dentro de ella masajeando sin parar.
Las dos primas, satisfechas, temblando, mirándose con ojos vidriosos mientras los padres seguían moviéndose sobre ellas, sin terminar, listos para más.
—
**Años después.**
La ceremonia era íntima, en el jardín de la casa familiar, decorado con luces blancas. Mateo, ahora, impecable en traje azul. Lucía, de 18, radiante en un vestido blanco corto, sin velo, sin tradiciones que no fueran las suyas.
Los invitados: solo la familia. Los padres, Elena y Roberto, elegantes, sonrientes, orgullosos. La prima Valentina, de 18 años, dama de honor, embarazada de tres meses, ¿el padre del bebé? (todos sabían que podía ser Mateo, o el tío Roberto, o incluso el abuelo, y a nadie le importaba).
Y en la primera fila, los abuelos. Don Alberto, setenta años, y su esposa, la sobrina Carmen, cincuenta y cinco. Él la había tomado desde que era niña, igual que Roberto con Elena, igual que Mateo con Lucía.
El oficiante, un amigo de la familia que conocía la verdad de todos, sonrió.
—Declaro marido y mujer a Mateo y Lucía. Pueden besarse.
El beso fue largo, profundo, con lengua, sin vergüenza. La familia aplaudió.
Don Alberto el abuelo se levantó, tomó la palabra, una copa de champán en mano.
—En esta familia —dijo, mirando a sus hijos Roberto y Elena, a sus bisnietos Mateo y Lucía— sabemos que el amor verdadero no conoce límites de sangre. Mi esposa es mi sobrina, mi hijo se casó con su hermana, y hoy mi nieto se casa con su hermana. Que así sea siempre.
Todos brindaron. Valentina sonrió, acariciando su vientre, pensando en quién sería el siguiente.
¡¡Fin!!
—
Árbol Genealógico de la Familia:
Generación 1 (Bisabuelos): Los padres de Alberto y los padres de Carmen. Alberto es hermano de uno de los padres de Carmen, haciéndolos tío y sobrina.
Generación 2 (Abuelos): Alberto (tío) se casó con Carmen (sobrina, 15 años menor). Tuvieron dos hijos: **Roberto y Elena** (hermanos).
Generación 3 (Padres): Roberto y Elena (hermanos) se casaron entre sí. Tuvieron a **Mateo y Lucía** (hermanos).
Generación 4 (Nietos): Mateo y Lucía (hermanos) se casaron entre sí.

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