Valentina y Lucia, primas adictas al sexo. (¿Fin?)
Lucía se inclinó, besó a Valentina, largo, profundo, lengua entrando, chupando. Su mano bajó, directa, por debajo del short de jean, tan corto, tan indiscreto, que no necesitaba quitarlo. Los dedos encontraron la tela delgada de la ropa interior, la empujaron a un lado, y…..
La semana comenzó con sol. Lucía llegó temprano a la escuela, encontró a Valentina en su locker, y sin preámbulos le susurró al oído:
—Lo hicimos. Toda la noche. En la cama de mis papás. Fue… indescriptible.
La golpeó en el hombro.
—Chismosa —dijo, fingiendo enojo—. Le contaste todo a mi hermano.
Lucía sonrió, sacó su celular, y deslizó la pantalla. Fotos. Un video. Valentina vio a Lucía cubierta de semen, las piernas abiertas, el semen chorreando, la cara de éxtasis de Mateo encima de ella.
Valentina sintió un golpe de calor entre sus piernas. Se humedeció de inmediato, la tela de su ropa interior empapándose.
—No es justo —susurró, la voz quebrada—. Mi tío no ha vuelto a tocarme, la escuela y el profe es difícil, y yo… yo solo tengo mis dedos y los recuerdos. No es lo mismo, Lucía. No se siente igual.
Apoyó la cabeza en el locker, mirando a su prima con envidia pura.
—Tú tendrás a tu hermano todos los días —dijo—. A tu disposición. Cuando quieras. Como quieras. Yo tengo que esperar, rogar, esconderme.
Lucía guardó el celular, tomó la mano de su prima.
—Ven a casa —susurró—. Si vienes, podemos… compartir.
Valentina sonrió, traviesa, la envidia transformándose en anticipación.
—¿Los tres? —preguntó.
Lucía asintió.
—Los tres.
Durante la semana mientras la familia miraba tv el padre apagó el televisor con el control remoto. El silencio llenó la sala, pesado, ominoso.
—Lucía, Mateo —dijo la madre, sentada en el sofá, las manos cruzadas—. ¿Tienen algo que decirnos?
Los hermanos se miraron, intercambiando una señal de pánico. Negaron con la cabeza, sincronizados, mirando al suelo.
—No, mamá —murmuró Mateo—. Nada.
El padre se levantó, sacó su celular de la funda, y deslizó la pantalla. Un video. Sonido fuerte, claro, inconfundible: gemidos, golpes de cuerpos, la voz de Lucía gritando «más duro, hermano, más duro», el *plap plap plap* obsceno de la penetración.
—Tenemos cámaras en nuestro cuarto —dijo el padre, tranquilo—. Nos gusta grabarnos, a tu mamá y a mí, mientras cogemos. Pero también graban lo que pasa en nuestra cama cuando no estamos.
Lucía se desplomó, las lágrimas brotando de inmediato.
—Perdón, perdón —sollozó, cayendo de rodillas—. Perdón, no queríamos… no vuelve a pasar…
La madre se levantó, caminó hacia ella, y la levantó suavemente.
—Ven conmigo, mi amor —dijo, y la guió hacia su habitación.
El padre se quedó de pie, mirando a Mateo, que temblaba, esperando un golpe a la cara, la expulsión, la furia.
—
En el cuarto de los padres, la madre sentó a Lucía en la cama matrimonial, la misma donde había sucedido todo.
—Escúchame —dijo, suave, tomándole las manos—. ¿Estás bien? ¿Realmente quisiste hacerlo? ¿No te obligó? ¿No te presionó?
—No —gritó Lucía, desesperada, agarrando a su madre—. No le hagan nada a Mateo, por favor. Él no tiene la culpa. Yo lo provoqué, yo lo seduje, yo quería… por favor, no le hagan nada.
La madre la miró, largamente, y luego soltó una risa. Suave, cálida, comprensiva.
—Ay, mi niña —dijo, abrazándola fuerte—. No pasa nada. No pasa absolutamente nada.
Lucía se separó, confundida, las lágrimas deteniéndose.
—¿Qué?
La madre sonrió, acariciando su mejilla.
—Viene de familia —susurró—. Tu papá y yo… somos hermanos. Lo mismo que tú y Mateo. Llevamos veinte años juntos, casados, felices. Y tú y tu hermano… simplemente siguieron el ejemplo.
Lucía se quedó sin palabras, los ojos abiertos, el mundo girando.
En la sala, Mateo esperaba el grito, la expulsión, la vergüenza. Pero su padre se sentó a su lado, sonrió, y le dio una palmada en el hombro.
—Te atreviste antes que yo —dijo, orgulloso—. Con tu madre tardé años. Tú, en semanas. Eso es tener agallas.
Mateo parpadeó, incrédulo.
—¿No están… enojados?
—¿Para qué? —rió el padre—. No pasó nada. Hablamos, tú y yo, como hombres. Treinta minutos de charla explicando todo sobre cómo cuidar a tu hermana, cómo ser delicado, cómo no ser un animal.
Luego los cuatro se reunieron en la sala. La madre tomó la palabra, seria pero cálida.
—Pueden seguir —dijo—. Pero con cuidado. Si le llega la regla, condón. Siempre. No sean tontos, no lo hagan fuera de casa donde alguien pueda ver. Y Mateo, esa grabación en tu celular… bórrala. Es peligrosa. Si alguien la ve, el infierno se desata.
Mateo asintió, sacando el celular, borrando todo frente a ellos.
Una semana después, el timbre sonó.
La puerta se abrió. Valentina entró con una sonrisa amplia, mochila rosa colgada de un hombro, vestida con ropa vieja de su madre: una camiseta fina, casi transparente, que dejaba ver la forma de sus pechos pequeños, y shorts de jeans super cortos, desgastados, las nalgas asomando por debajo, exhibicionistas, provocadores.
Los padres de Lucía estaban en la sala. La madre levantó la vista, vio a Valentina, luego miró a Lucía, que tenía las mejillas rojas, los ojos brillantes de anticipación. Luego miró a Mateo, que apareció en el pasillo, los ojos fijos en las piernas de Valentina, en esos shorts que apenas cubrían, la garganta moviéndose al tragar.
Instantáneamente, los padres entendieron. Intercambiaron una mirada, una sonrisa cómplice.
—Buenos, chicos —dijo el padre, levantándose, tomando las llaves del coche—. Parece que será una excelente pijamada.
—Tu madre y yo iremos de fiesta —anunció el padre—. Llegaremos tarde. Muy tarde.
—Diviértanse —dijo la madre, guiñando un ojo—. Jajaja.
La puerta se cerró. El silencio llenó la casa. Los tres hermanos, primos, amantes, quedaron solos.
Los tres se quedaron en la sala, la puerta recién cerrada, el silencio pesado de la casa vacía. Valentina dejó su mochila en el suelo, se sentó en el sofá, las piernas cruzadas, los shorts subiéndose más, mostrando el pliegue de sus nalgas.
Lucía se sentó a su lado, sin decir palabra. Se miraron, recordando aquella primera vez en casa de los abuelos, el cosquilleo, el descubrimiento. Ahora iban con todo.
Lucía se inclinó, besó a Valentina, largo, profundo, lengua entrando, chupando. Su mano bajó, directa, por debajo del short de jean, tan corto, tan indiscreto, que no necesitaba quitarlo. Los dedos encontraron la tela delgada de la ropa interior, la empujaron a un lado, y ahí estaba: la vagina de Valentina, húmeda ya, caliente, los labios hinchados, rosados, brillantes de excitación.
Mateo se sentó en el sillón de enfrente, se bajó los pantalones, y liberó su pene, duro, palpitante. Empezó a masturbarse despacio, mirando, sin creerse que esta era la mejor película pornográfica en vivo que había visto en toda su vida: su hermana y su prima, en su propia sala, tocándose, besándose, ofreciéndose.
Lucía metió dos dedos en Valentina, sintiendo la humedad crecer, los músculos apretando. Con el pulgar, empezó a hacer círculos encima, alrededor del clítoris, ese botoncito duro, erecto, que asomaba entre los pliegues, pulsando contra su yema.
—Ahí, ahí —gemía Valentina, arqueándose, las piernas abriéndose más, el short subiéndose completamente, dejando ver todo: su vagina lampiña, los dedos de Lucía entrando y saliendo, el clítoris siendo frotado en círculos perfectos.
La piel de Valentina era de porcelana, suave, sin una imperfección, sudada ya, brillante en la frente, en el abdomen plano que se contraía con cada toque. Lucía besó su cuello, mordió su oreja, y aceleró los dedos, *chack chack chack*, el sonido húmedo llenando la sala, mezclado con los jadeos y el sonido de la mano de Mateo en su propio pene.
—Míralo —susurró Lucía a Valentina, señalando con la cabeza a Mateo—. Nos está viendo. Se está masturbando con nosotras.
Valentina abrió los ojos, vidriosos, y sonrió, excitada, exhibiéndose más, abriendo las piernas al máximo, dejando que Mateo viera todo: cómo los dedos de Lucía entraban profundo, cómo su clítoris brillaba duro, cómo la humedad chorreaba, empapando el short, el sillón, los dedos de su prima.
—Que se acerque —susurró Valentina—. Quiero sentirlo también.
Mateo no dudó. Se levantó, caminó hacia ellas, su pene erecto, grande, la punta brillando de precum. Valentina lo recibió con los ojos vidriosos, ansiosa.
—Déjame —susurró, y tomó el pene de Mateo con ambas manos.
Lo estudió, comparando. Su primo tenía una mejor figura, más formado, músculos definidos, abdomen plano, y abajo… completamente rasurado, limpio, la piel suave, la vena gruesa marcada. No como su tío, con esa panza cervecera, el vello abundante, el olor a sudor viejo. Esto era diferente. Mejor.
Metió la boca.
El tío la había enseñado bien, sí, pero con Mateo quería demostrar todo. Llamió desde la base, largo, hasta la punta, chupando el glande, girando la lengua alrededor, metiendo la cabeza, tragándolo entero hasta la garganta, sin rechistar, sin lagrimas, solo placer puro.
—Joder, prima —gemía Mateo, agarrando su pelo—. Así, así…
Lucía, a su lado, no se quedó atrás. Se posicionó entre las piernas de Valentina, le quitó el short de un tirón, y enterró su rostro en esa vagina húmeda, chupando, lamiendo, metiendo dos dedos mientras su prima mamaba a su hermano.
Era una orgía. Tres cuerpos entrelazados, sabores mezclados, gemidos resonando en la sala de sus padres. Valentina alternaba: pene de Mateo, lengua de Lucía, una y otra, sintiéndose llena por ambos lados, el mejor sexo de su vida.
Mateo miró hacia abajo, vio a su hermana lamiendo a su prima, vio a su prima chupándolo con ojos cerrados de éxtasis, y supo que esto solo acababa de empezar.
Mateo los guió al cuarto de sus padres, esa habitación que ya conocían, que ya había visto sus pecados. Abrió el cajón escondido de la mesita, sacó los juguetes que su padre le había enseñado esa semana: vibradores de diferentes tamaños, consoladores realistas, bolas chinas.
—De espaldas —ordenó, la voz firme, aprendida de su padre—. Las dos. Piernas abiertas.
Lucía y Valentina obedecieron, se acostaron en la cama matrimonial, de espaldas, nalgas al aire, piernas separadas, ofreciendo sus vaginas, sus clítoris expuestos, brillantes, húmedos.
Mateo tomó dos vibradores pequeños, de bala, y se posicionó entre ellas. Encendió el primero, el zumbido llenó la habitación, y lo puso contra el clítoris de Lucía. Ella gritó, se arqueó, sintiendo la vibración eléctrica directa en su botoncito duro.
Luego el segundo, contra el clítoris de Valentina, que gemió largo, agudo, sintiendo la misma electricidad.
—Bésense —ordenó Mateo—. Mientras las vibro.
Lucía y Valentina se giraron, se encontraron en un beso húmedo, profundo, lengua con lengua, mientras Mateo movía los vibradores en círculos, presionando, acelerando, haciéndolas temblar, gemir, acercarse al borde.
—Así —susurraba Mateo—. Así les gusta, ¿verdad? A mis dos putas hermosas.
Las niñas gemían en el beso, sus cuerpos convulsionando, el placer inminente, mientras los vibradores zumbaban sin piedad contra sus clítoris hinchados.
Mateo vio cómo Lucía se contraía, cómo Valentina arqueaba la espalda, ambas al borde, jadeando, pidiendo más. Justo antes del orgasmo, apagó los vibradores.
—Aún no —dijo, sonriendo—. Van a sufrir un poco.
Las dos gemieron de frustración, moviendo las caderas, buscando el contacto perdido.
Mateo abrió el cajón de nuevo, sacó dos plugs anales, uno rosa, uno negro, con la punta redonda y la base ensanchada. Tomó el frasco de aceite de almendras, el mismo de esa primera noche, y lo vertió generosamente sobre los juguetes, sobre sus manos.
—Relájense —ordenó, posicionándose detrás de ellas, viendo esos dos anos rosados, apretados, pidiendo—. Dejen entrar. Vamos a abrirlas bien.
Mateo se posicionó detrás de Valentina, recordando lo que Lucía le había contado: su frustración, su tío ausente, el profesor ignorándola, solo sus dedos solitarios. Hoy iba a darle lo que necesitaba.
—Tu primo te va a cuidar —susurró, y posicionó el plug rosado contra su ano arrugado.
Empujó despacio, el aceite resbalando, facilitando la entrada. Valentina gritó, se tensó, pero él la calmó con la otra mano, acariciando su espalda. El plug entró, centímetro a centímetro, abriendo ese agujerito, estirándolo, hasta que llegó al final, la parte más gruesa, y ese rosadito y pequeño ano se abrió por completo, tragándolo, para luego cerrarse alrededor de la base, ajustándose perfectamente.
—Joder, qué vista —gemía Mateo, sacándolo y volviéndolo a meter, viendo cómo se abría y cerraba, una y otra vez, el juego obsceno de su carne.
Con la otra mano, metió un dedo en su vagina, húmeda, caliente. Luego dos. Luego tres, llenándola por completo, sintiendo el plug del otro lado, separados apenas por una delgada pared de carne. Movió ambas manos al ritmo, sacando y metiendo el plug anal, sacando y metiendo los tres dedos vaginales, mientras Valentina gritaba, se retorcía, se venía una y otra vez en sus dedos.
Lucía no aguantó más. Desesperada, queriendo ser parte de ese juego anal, se abalanzó sobre Valentina, tomó el plug anal y lo sacó de un tirón, dejando ese ano abierto, dilatado, rojo.
Se posicionó detrás, separó esas lindas nalgas con las manos, y metió la lengua. Largos lamidos, profundos, saboreando el aceite, la carne, el sabor intenso de su prima. Mientras llevaba, metió un dedo, luego dos, abriendo ese agujerito ya dilatado, estirándolo más, hasta meter tres dedos, girándolos, sintiendo las paredes apretadas cediendo.
—Ahora —ordenó Lucía—. Acuéstate, hermano.
Mateo se acostó en la cama, su pene erecto apuntando al techo. Valentina se montó encima, lo guió a su vagina, y bajó despacio, sintiéndolo llenarla por completo, hasta el fondo.
Lucía, aprovechando la posición, se posicionó detrás de Valentina, y con su lengua húmeda, sus dedos abriéndola, comenzó a darle placer anal inolvidable. Metió la lengua profundo, luego los dedos, alternando, mientras Mateo la cogía vaginalmente, ambos orificios llenos, ambos siendo usados.
Valentina perdió el control. Un orgasmo, largo, profundo, su vagina contrayéndose alrededor del pene de Mateo, su ano apretando los dedos de Lucía. Luego otro, inmediato, más intenso, y otro, múltiples, uno tras otro, su cuerpo convulsionando, chorros de humedad empapando a Mateo, a Lucía, a las sábanas, un éxtasis total, inolvidable, compartido entre los tres.
Mateo miró a Lucía, casi irreconocible. Esos ojos azules que conocía desde niña ahora brillaban con un vicio nuevo, una lujuria desenfrenada, una adicción al sexo que ella misma había desatado.
—Ahora te toca a ti —dijo, tomando unas bolas chinas con vibrador incorporado.
Lucía se puso de rodillas, el torso sobre la cama, las nalgas en alto, ofreciendo ese ano que ya había probado con el plug, dilatado, rojo, pidiendo más. Mateo encendió el vibrador y metió las bolas una a una, sintiendo cómo entraban fácil, cómo su ano las aceptaba, cómo se cerraba alrededor de cada una.
Las sacó y volvió a meter, una y otra vez, el sonido húmedo, el zumbido eléctrico, Lucía gimiendo, pidiendo más, su vicio ahora realmente convertido en adicción anal.
—Ahora lo grande —ordenó Mateo, sacando las bolas de un tirón. Plop plop plop plop.
Se posicionó, la punta de su pene, ancha, más ancha que las bolas, presionó contra ese ano dilatado. Empujó. Lucía gritó, se tensó, el anillo de músculos resistiendo, cediendo despacio, centímetro a centímetro, hasta que la cabeza entró, y luego el tronco, llenándola por completo, más profundo que cualquier juguete.
Mateo empezó a moverse, despacio primero, luego con entusiasmo, con furia, cogiéndola analmente, sintiendo esa presión increíble, ese calor intenso. Lucía se masturbaba el clítoris, frenética, y sintió el orgasmo anal construyéndose, diferente, profundo, intenso.
—Me vengo, me vengo —gritó, su ano apretándose violentamente alrededor del pene de Mateo, contracciones incontrolables, un placer devastador.
Mateo sintió ese apretón, ese masaje perfecto, y no pudo más. Empujó hasta el fondo y soltó su orgasmo, chorros de semen caliente llenando el ano de su hermana, marcándola por dentro, posesión total.
Cayeron juntos, temblando, sudados, unidos por el tabú más oscuro y el placer más intenso.
Los padres llegaron al hotel de lujo, la habitación 1204, con vista al mar pero las cortinas cerradas. La madre, Elena, tomó el control remoto mientras el padre, Roberto, servía dos copas de whisky.
—Conecta el feed —dijo Roberto, sentándose en el borde de la cama.
Elena presionó un botón y la pantalla de 50 pulgadas cobró vida. Imagen en alta definición, ángulo perfecto desde el techo de su propio cuarto matrimonial. Allí estaban: Mateo, Lucía y Valentina, entrelazados, desnudos, sudados, en plena orgía.
—Mira eso —susurró Elena, sentándose junto a su hermano-esposo, la mano ya bajando a su entrepierna—. Mateo tiene tu técnica. Exacta.
Roberto observó, su pene endureciéndose rápidamente, recordando. Hacía veinte años que él y Elena habían descubierto el sexo en el sótano de la casa de sus padres, escondidos, culpables, adictos. Desde entonces, cada encuentro había sido intenso, pero nada como esto.
—Verlos —dijo Roberto, la voz ronca, quitándose la camisa—. Ver a nuestros hijos haciendo lo mismo que nosotros… es la mayor estimulación que he sentido desde aquella primera vez contigo, hermana.
Elena se desabrochó el vestido, dejando ver su cuerpo maduro, todavía deseado, todavía prohibido.
—Lucía tiene mi cadera —observó, tocándose mientras en la pantalla su hija recibía analmente a su hermano—. Esa forma de moverse… es genético.
Roberto se acercó detrás de ella, ya desnudo, su pene erecto presionando su espalda, viendo cómo en la pantalla Mateo se venía dentro del ano de su hermanita.
—Ellos creen que son los únicos —susurró Roberto, entrando en Elena de una estocada, haciéndola gemir—. No saben que nosotros los observamos, que nos excitamos, que los deseamos casi tanto como nos deseamos el uno al otro.
Elena se apoyó en la mesa, mirando la pantalla, siendo cogida por su hermano, viendo a sus hijos ser cogidos, un círculo de incesto perfecto, interminable.
—Eso será otra historia —susurró ella, sonriendo, mientras Roberto aceleraba, listo para venirse viendo a su hijo hacer lo mismo—. La historia de cómo los padres se convirtieron en espectadores, en participantes ocultos, en amantes de su propia descendencia.
Roberto gruñó, empujando hasta el fondo, llenando a su hermana, ambos mirando la pantalla, ambos sabiendo que esto apenas comenzaba.
**¿Fin?**

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