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Infidelidad, Masturbacion Femenina, Masturbacion Masculina

La perdida de mi vida 2

esta es la segunda parte de como Martín trata de entender con la excitación que lo consume la otra vida de su mujer y como su vida se va desmoronando .comenten si les gusta.

El aire en el pasillo se sentía denso, cargado con el olor a sexo reciente y el aroma dulce del perfume de Elena. Martín permanecía encogido en el rincón oscuro del armario del recibidor, con la respiración contenida y el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. A través de la rendija de la puerta, el mundo se reducía a un rectángulo de luz donde el drama de su vida se desplegaba en tiempo real. Vio a Elena salir de la habitación. Llevaba una bata de seda azul que se deslizaba sobre su piel pálida, pero la prenda estaba mal cerrada, revelando la curva generosa de sus pechos y dejando claro que debajo no llevaba absolutamente nada. Sus pasos eran ligeros, casi flotantes, con esa expresión de satisfacción que Martín no veía en su rostro desde hacía años. Juan estaba allí, ajustándose el cinturón del pantalón, con una sonrisa de suficiencia que irradiaba un triunfo silencioso. —No puedo creer que te hayas atrevido hoy —susurró Elena, acercándose a él. Juan la tomó por la cintura, hundiendo los dedos en la carne suave de sus caderas. —El riesgo es lo que lo hace mejor, rubia. Sabes que me encanta que tu marido esté a punto de llegar. Martín cerró los ojos un instante, sintiendo una punzada de náuseas mezclada con una erección traicionera que comenzó a pulsar en su entrepierna. El sonido de los besos, ese ruido húmedo y voraz, llenó el espacio. Elena se arqueó, pasando sus brazos alrededor del cuello de Juan, mientras la bata azul se abría más, exponiendo sus muslos tersos. —Vete ya, que no quiero que me pille —dijo ella entre risas suaves, aunque no hacía ningún esfuerzo por alejarse. —Me voy, pero guarda ese calor para mí la próxima vez —respondió Juan con un beso final, largo y profundo, que hizo que Elena soltara un gemido ahogado. Martín escuchó el sonido de la puerta principal cerrándose y el eco de los pasos de Juan perdiéndose en el pasillo del edificio. Se quedó inmóvil, el sudor frío recorriendo su espalda. Observó a Elena suspirar, acariciando su propio pecho a través de la seda azul, con una mirada perdida en la lujuria residual. —Voy a quitarme este olor —murmuró ella para sí misma. Cuando Elena se dirigió al baño de su habitación, Martín salió del armario con la agilidad de un depredador herido. No encendió las luces. Se deslizó por el pasillo, moviéndose en las sombras, hasta llegar a la puerta entreabierta del baño. El vapor comenzó a llenar la estancia, transportando el aroma a jabón de vainilla y humedad. Se quedó allí, oculto tras el marco de la puerta, observando. Elena se había despojado de la bata. Estaba completamente desnuda bajo el chorro de agua caliente. El agua resbalaba por sus hombros rubios, bajando por la curva pronunciada de sus pechos, que parecían más turgentes que nunca. Martín tragó saliva, sintiendo que su polla, gruesa y pesada, empujaba con fuerza contra la tela de sus pantalones. Sus ojos no se apartaban de la forma en que ella se enjabonaba, masajeando sus tetas con movimientos circulares, cerrando los ojos mientras recordaba, seguramente, las caricias de Juan. El odio y el deseo se fundieron en una sola masa viscosa en el estómago de Martín. Quería gritar, quería romper algo, pero al mismo tiempo, la imagen de su mujer siendo poseída por otro encendía en él una chispa de salvajismo que nunca había experimentado. Esperó a que ella terminara. Escuchó el sonido de la toalla secando la piel y el clic de la puerta del baño al abrirse. Martín retrocedió rápidamente hacia la entrada del departamento, haciendo ruido con las llaves y abriendo la puerta principal con un golpe seco. —¡Ya estoy en casa! —gritó, forzando un tono de cansancio profesional. Elena salió al pasillo, ya vestida con una camiseta ligera y unos pantalones cortos que apenas cubrían su culo. Se veía radiante, con las mejillas encendidas y los labios hinchados. —Hola, cariño. Llegas justo a tiempo —dijo ella, acercándose para darle un beso rápido en la mejilla. Martín la miró fijamente. Sus ojos bajaron hacia el pecho de Elena. La camiseta se tensaba sobre sus senos; parecían más grandes, más redondos, como si el sexo intenso de hace unos minutos hubiera bombeado sangre y deseo hacia sus pezones, que se marcaban claramente a través de la tela. —Estás… muy sexy hoy —comentó Martín, su voz sonando más ronca de lo normal. —¿Ah, sí? Quizás es el clima —respondió ella con una sonrisa inocente, aunque sus ojos brillaban con un secreto. Martín no respondió con palabras. Comenzó a quitarse la chaqueta, luego la camisa, lanzándolas al suelo sin cuidado. Sus movimientos eran bruscos, cargados de una tensión eléctrica. Cuando se bajó los pantalones, su erección saltó hacia fuera, una columna de carne gorda y dura que apuntaba directamente hacia ella. Elena bajó la vista y arqueó una ceja. —Vaya, parece que alguien tuvo un día muy estimulante en la oficina —dijo con indiferencia, intentando pasar a su lado para ir a la cocina. Martín la agarró del brazo, no con violencia, sino con una firmeza posesiva, y la atrajo hacia su cuerpo. La pegó a su pecho, sintiendo el calor que aún emanaba de su piel. —No me importa el trabajo ahora mismo —susurró él al oído, rozando el lóbulo de su oreja con los dientes—. Te quiero ahora. Elena soltó una risita, tratando de zafarse. —Estoy cansada, Martín. Quizás más tarde. Él no la soltó. Empezó a besar su cuello, bajando hacia la clavícula, mientras su mano descendía para apretar con fuerza uno de sus glúteos. Sus dedos se hundieron en la carne, reclamando el territorio que Juan acababa de abandonar. —No estás cansada —gruñó él, deslizando la mano bajo la camiseta para atrapar uno de sus pechos—. Estás encendida. Puedo olerlo. Elena soltó un suspiro tembloroso. La agresividad repentina de Martín, esa urgencia casi animal, empezó a surtir efecto. Ella siempre lo había visto como el marido estable, el hombre predecible. Verlo así, con la mirada oscurecida y el miembro palpitando contra su muslo, despertó en ella una respuesta instintiva. —Estás más duro que de costumbre —murmuró ella, bajando la mano para rodear la base de su polla, sorprendiéndose al notar que el grosor parecía haber aumentado. —Es porque sé exactamente lo que necesito hacerte —respondió él, cargándola de repente y lanzándola sobre la cama del dormitorio. El encuentro no fue el habitual. Martín no hubo delicadeza ni preludios lentos. La desvistió con una urgencia febril, arrancando la ropa como si quisiera borrar cualquier rastro de otra presencia en la habitación. Cuando Elena quedó desnuda, sus tetas gigantes saltaron, balanceándose con el movimiento. —Dios, están enormes —jadeó Martín, abalanzándose sobre ellas. Se posicionó entre sus piernas y la obligó a sentarse, apoyando la espalda contra el cabecero. Martín se arrodilló frente a ella y tomó sus pechos, apretándolos con fuerza para crear un valle profundo de carne blanca y caliente. Deslizó su polla, lubricada con el pre-cum que goteaba, entre sus senos. Elena soltó un gemido agudo mientras sentía el grosor de Martín deslizándose hacia arriba y hacia abajo entre sus tetas. —¡Oh, Dios, Martín! ¡Sigue así! —gritó ella, arqueando la espalda. El sonido era explícito: el shlicking húmedo de la carne contra la carne, el roce del vello púbico y la fricción constante. Martín aceleró el ritmo, sus ojos fijos en la expresión de placer de Elena, imaginando que cada embestida contra sus pechos estaba borrando la memoria de Juan. El sudor empezó a brotar de sus frentes, mezclándose en el aire cargado de lujuria. Después de unos minutos de esa tortura placentera, Martín la giró con brusquedad. La puso a cuatro patas, en posición de caballito, obligándola a bajar el pecho hasta que sus tetas rozaran las sábanas. Él se posicionó detrás, admirando la vista de ese culo redondo y la entrada rosada y húmeda de su coño, que ya chorreaba deseo. —Mírame —le ordenó él, agarrándola por el cabello para obligarla a girar la cabeza. Sin previo aviso, empujó con toda su fuerza. El sonido del impacto fue un golpe seco, un squelch sonoro mientras su polla gorda y gruesa se hundía hasta el fondo, golpeando el cuello del útero de Elena. —¡Ahhh! —gritó ella, con los ojos muy abiertos—. ¡Estás… estás demasiado grande! ¡Me vas tocas todo! Martín no se detuvo. Empezó a embestir con una furia rítmica, cada golpe haciendo que el cuerpo de Elena se sacudiera violentamente hacia adelante. Sus tetas gigantes rebotaban contra el colchón, creando un espectáculo visual que lo volvía loco. El sonido del sexo llenaba la habitación: el chapoteo de los fluidos, los gemidos descontrolados de Elena y la respiración agitada de Martín. —¿Te gusta esto, Elena? ¿Te gusta que te rompa así? —preguntó él, apretando sus caderas con tanta fuerza que sabía que dejaría marcas. —¡Sí! ¡Más fuerte! ¡No pares! —suplicaba ella, totalmente entregada al frenesí. El sexo se prolongó durante casi dos horas. Martín parecía poseído por una energía inagotable. Cambiaron de posición repetidamente; la tuvo contra la pared, la llevó al borde de la mesa, explorando cada rincón del cuarto. En un momento, el vigor fue tal que la polla de Martín se deslizó hacia fuera durante una embestida especialmente brusca, golpeando el muslo de Elena con un sonido húmedo, pero él la reinsertó inmediatamente con un empujón que hizo que ella soltara un grito de puro éxtasis. Cuando finalmente llegaron al clímax, fue una explosión volcánica. Martín se hundió una última vez, anclándose profundamente en ella, mientras sentía cómo las paredes vaginales de Elena se contraían en espasmos violentos. Él rugió, descargando una cantidad masiva de semen que llenó el interior de su mujer, sintiendo cómo el calor inundaba su vientre. Ambos cayeron exhaustos sobre las sábanas empapadas de sudor y fluidos, con el corazón latiendo al unísono mientras la tormenta exterior arreciaba, azotando las ventanas con ráfagas de viento y lluvia. Sin embargo, mientras el silencio regresaba a la habitación, la paz no llegó para Martín. Pasaron las horas. Elena se quedó profundamente dormida, envuelta en la lencería de encaje negro que se había puesto antes de acostarse, un conjunto que resaltaba la palidez de su piel y la redondez de sus curvas. Martín, a su lado, estaba despierto. La rabia y la traición habían regresado, filtrándose a través del placer físico. A pesar del agotamiento, sintió que su erección regresaba. Era una polla gigante, pulsante, que se negaba a calmarse. No era un deseo tierno; era una respuesta nerviosa, una mezcla de odio y excitación prohibida. Miró a su mujer dormir, observando la serenidad de su rostro, sabiendo que hace unas horas ese mismo cuerpo había pertenecido a otro hombre. Se levantó con cuidado para no despertarla. Caminó hacia el baño y tomó un par de toallas limpias. Regresó al borde de la cama, ocultándose parcialmente tras la sombra de la cortina. Colocó las toallas dobladas sobre el colchón, creando una superficie firme pero suave. Comenzó a hacer pillow humping, frotando su polla desnuda y caliente contra las toallas con movimientos rítmicos y desesperados. Cerró los ojos y visualizó a Elena con Juan. Imaginó los sonidos, las palabras, la traición. Cada pensamiento oscuro alimentaba la erección, haciendo que el roce contra la tela fuera casi insoportable de placer. El ruido de la fricción, el roce de la tela y su propia respiración agitada llenaban el silencio de la noche. En un momento, Elena se movió en sueños, soltando un pequeño quejido y girándose hacia él. Martín se congeló, el corazón saltando en su garganta. Se quedó inmóvil, con la polla a medio camino de un movimiento, sintiendo el pánico de ser descubierto en ese acto patético y oscuro. Elena no despertó. Volvió a sumirse en un sueño profundo. Martín soltó un suspiro tembloroso y retomó el ritmo, cada vez más rápido, más violento. La tensión acumulada durante todo el día, el dolor de la infidelidad y la adrenalina del sexo salvaje colapsaron en un solo punto. Sus ojos buscaron en la mesa de noche y encontraron la fotografía de su boda. En la imagen, ambos sonreían, jóvenes y llenos de una esperanza que ahora parecía una burla. Con un movimiento brusco, agarró la foto. Mientras sentía que el orgasmo lo alcanzaba, se corrió con odio, disparando chorros de semen blanco y espeso sobre el cristal de la fotografía, manchando sus rostros sonrientes, borrando la imagen de su felicidad pasada con el fluido de su propia miseria. Se quedó mirando la foto manchada durante unos minutos, sintiendo un vacío abismal en el pecho. Limpió rápidamente el desastre, dejó la foto en su lugar y se acostó de nuevo al lado de Elena, sintiéndose más solo que nunca, sin saber qué hacer con los fragmentos de su vida. A las tres de la mañana, Martín despertó bruscamente. El silencio en la habitación era absoluto, roto solo por el repiqueteo lejano de la lluvia. Estiró la mano hacia el lado derecho, pero encontró la sábana fría. Elena no estaba. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Se levantó, caminando descalzo por el pasillo oscuro. El departamento se sentía extraño, casi hostil. Buscó en la cocina, en el salón, hasta que escuchó un sonido proveniente de la habitación de invitados, que normalmente usaban como depósito. Abrió la puerta lentamente, apenas unos centímetros. Elena estaba allí, desnuda, arrodillada sobre la cama. Tenía una almohada apretada contra su vientre y sus caderas se movían en un vaivén frenético. Estaba masturbándose contra la almohada, frotando su clítoris con una intensidad desesperada. Sus ojos estaban cerrados y su respiración era un jadeo constante. —Oh, sí… Juan… —susurró ella, su voz quebrada por la lujuria. Martín sintió que el mundo se detenía. La traición volvió a golpearlo, pero una vez más, su cuerpo respondió de la manera más contradictoria posible. Su polla se puso dura al instante, una erección gigante que dolía por la presión. Se quedó allí, en la penumbra, observando a su mujer entregarse al recuerdo de su amante. Observó cómo Elena aceleraba el ritmo. Sus tetas gigantes se balanceaban violentamente con cada movimiento de sus caderas, chocando contra la almohada. Sus pezones estaban erectos, oscuros, rozando la tela. Ella soltaba gemidos cortos, casi animales, mientras sus dedos se hundían en la almohada, apretándola como si fuera el cuerpo de Juan. Martín, incapaz de apartar la mirada, bajó la mano hacia sus propios pantalones. Comenzó a masturbarse, siguiendo el ritmo de Elena. El contraste era brutal: ella buscaba a otro hombre en su mente, mientras él la deseaba a ella con una mezcla de asco y adoración. Vio cómo Elena llegaba al límite. Sus movimientos se volvieron erráticos, sus gritos ahogados por la almohada. Sus tetas vibraban con la intensidad del orgasmo, y su cuerpo se tensó en un arco perfecto antes de colapsar sobre la cama, temblando, exhausta y satisfecha. Martín terminó poco después, soltando un gemido silencioso mientras se corría en su mano, sintiendo la amargura del acto. Se retiró sin hacer ruido, regresando a la cama principal y fingiendo dormir cuando, minutos más tarde, Elena volvió a la habitación y se deslizó bajo las sábanas, oliendo a deseo y a traición. A la mañana siguiente, el sol se filtraba débilmente a través de las cortinas. Martín se despertó y, una vez más, el lado de la cama estaba vacío. Bajó las escaleras hacia la cocina. El olor a café recién hecho y pan tostado llenaba el aire. Elena estaba allí, vestida con un delantal blanco sobre un vestido corto y ligero. Estaba tarareando una canción, moviéndose con una alegría contagiosa mientras preparaba el desayuno. —¡Buenos días, amor! —dijo ella, girándose con una sonrisa radiante, sus ojos brillantes y llenos de vida—. Te hice tus huevos favoritos. Martín se quedó parado en el umbral, mirándola. Parecía la esposa perfecta, la mujer feliz que nunca había traicionado su confianza. La confusión lo invadió. ¿Cómo podía alguien pasar de masturbarse por otro hombre a las tres de la mañana a cocinar con tanta ternura a las ocho? —Gracias —respondió él con voz neutra, sentándose a la mesa. —¿Estás bien? Pareces distraído —preguntó ella, acercándose para darle un beso en la frente. Él la miró a los ojos, buscando alguna grieta, alguna señal de culpa. Pero no había nada. Solo una máscara de felicidad perfecta. —Estoy bien —mintió Martín, empezando a desayunar en un silencio sepulcral. Cuando terminó, se levantó y tomó su maletín. —Me voy al trabajo. Nos vemos más tarde. —Que tengas un buen día, cariño —respondió ella con una sonrisa dulce. Martín salió del departamento y cerró la puerta detrás de él. Mientras caminaba hacia el ascensor, sintió el peso de la mentira asfixiándolo. Sabía que su vida ya no era la misma, que el hombre que entraba en ese departamento cada día ya no era el mismo que salía. Pero mientras caminaba hacia su oficina, una parte oscura de él ya estaba contando las horas para volver y descubrir qué otros secretos escondía la mujer de la bata azul.

6 Lecturas/18 junio, 2026/0 Comentarios/por blancoynegro
Etiquetas: amante, baño, culo, infidelidad, orgasmo, polla, semen, sexo
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