Taxista
Como un taxista me hizo sentir de nuevo viva.
Aquella tarde tuve que ir a mercar al Carulla de Ciudad Jardín. Mi automóvil tenía pico y placa, así que no me quedó más remedio que pedir un taxi. Cuando terminé las compras llevaba más bolsas de las que había pensado. El taxi se detuvo frente a mí y el conductor se bajó para ayudarme. Fue entonces cuando lo vi bien. Era joven, probablemente treinta y tantos, alto, de brazos fuertes y una sonrisa que inmediatamente me pareció peligrosa. Vestía una camiseta que se ajustaba a su cuerpo y tenía esa manera tranquila de moverse de los hombres que saben perfectamente que son atractivos.
—Déjeme, yo le ayudo.
—Gracias.
Guardó las bolsas y me abrió la puerta trasera. Me acomodé el cabello canoso, me ajusté las gafas y subí. Yo estaba en mis sesenta y tantos y nunca había pretendido ocultarlo. Soy alta, ni flaca ni gorda, de ojos cafés y senos grandes que, dependiendo de la blusa que use, resultan difíciles de disimular. El taxi arrancó. A los pocos minutos descubrí sus ojos en el retrovisor.
Pensé que había sido casualidad. Hasta que volvió a hacerlo. Esta vez su mirada permaneció un segundo más de lo necesario. Instintivamente acomodé mi blusa y crucé las piernas. Volvió a mirarme. Sentí calor. Era absurdo. Podía perfectamente ser su madre y, sin embargo, sabía reconocer la mirada de un hombre cuando estaba interesado. Nuestros ojos se encontraron otra vez. Esta vez no aparté los míos. Él sonrió. Yo también.
—¿Siempre miras tanto a tus pasajeras por el retrovisor?
Se rio.
—No.
—Entonces tengo que preocuparme.
—Depende.
—¿De qué?
Sus ojos volvieron al espejo.
—De si te molesta.
El cambio del «usted» al «tú» no pasó inadvertido.
—No he dicho que me moleste.
Se hizo un silencio.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Sebastián. ¿Y tú?
—Pamela.
Repitió mi nombre despacio.
—Pamela…
—¿Qué?
—Nada. Me gusta.
—Mi nombre o…
—Las dos cosas.
Sentí un estremecimiento.
—Eres bastante atrevido, Sebastián.
—Y tú todavía no me has pedido que deje de serlo.
Eso me dejó sin respuesta. Durante el resto del trayecto jugamos a mirarnos. Yo observaba la calle y, cuando levantaba los ojos, allí estaba él. En algún momento incluso me descubrí acomodándome deliberadamente el cabello para dejar descubierto mi cuello. Me pregunté qué demonios estaba haciendo. La respuesta era evidente. Estaba coqueteando. Y me estaba gustando. Cuando llegamos, Sebastián se bajó inmediatamente.
—Yo llevo las bolsas.
—Puedo hacerlo.
—Ya sé.
Tomó varias y caminó detrás de mí hasta la casa. Abrí la puerta y entramos. Dejó las bolsas sobre la mesa. Cuando regresó con las últimas, cerré la puerta detrás de él.
—Muchas gracias.
—Con gusto, Pamela.
Otra vez mi nombre. Estábamos demasiado cerca. Noté que su mirada descendía un instante hacia mi cuerpo antes de regresar a mis ojos.
—Ahora puedes mirar sin retrovisor —dije.
No sé de dónde saqué semejante atrevimiento. Sebastián soltó una pequeña risa.
—Eso es justamente lo peligroso.
—¿Por qué?
Dio un paso hacia mí.
—Porque ahora estás demasiado cerca.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Y eso te pone nervioso?
—Muchísimo.
—No parece.
—Estoy haciendo un esfuerzo.
Reí. Entonces levantó una mano y apartó suavemente un mechón canoso que había caído sobre mi rostro. Sus dedos rozaron mi mejilla. Fue una caricia mínima. Pero suficiente. Su mano permaneció allí y su pulgar recorrió lentamente mi pómulo. Cerré los ojos apenas un instante. Cuando volví a abrirlos estaba todavía más cerca.
—Pamela —susurró—, si quieres que pare, dímelo.
En lugar de responder, apoyé una mano sobre su pecho. Sentí bajo la palma el calor de su cuerpo.
—Todavía hablas demasiado.
Sonrió. Y me besó. El primer beso fue lento, casi prudente. El segundo ya no. Sentí sus brazos rodeándome y mis manos buscaron instintivamente sus hombros. Sebastián me acercó contra él y por unos segundos desaparecieron mi edad, la diferencia entre nosotros y cualquier pensamiento sensato. Solo existía aquella cercanía. Sus labios se separaron de los míos y descendieron hacia mi mejilla. Después sentí un beso junto a mi oído y otro en mi cuello. Solté el aire lentamente.
—Sebastián…
—¿Qué?
—Nada.
Sonrió contra mi piel. Sus manos recorrieron mi espalda con lentitud, sin prisa, como si estuviera descubriendo mi cuerpo a través de la ropa. Una de ellas se quedó en mi cintura mientras la otra ascendió suavemente por mi costado. Me estremecí. Aquella caricia me hizo especialmente consciente de mis curvas. Durante años había aprendido a mirar mi cuerpo con cierta severidad: lo que había cambiado, lo que ya no era igual, las marcas inevitables del tiempo. Pero sus manos parecían verlo de otra manera. Me separé apenas para mirarlo.
—¿De verdad te gusto?
Su expresión cambió.
—¿Todavía tienes dudas?
Sus ojos descendieron lentamente por mi figura. Esta vez no intenté cubrirme.
—Unas cuantas.
Sebastián volvió a acercarse.
—Entonces tendré que convencerte.
Me besó nuevamente. Su mano regresó a mi cintura y después recorrió con lentitud mi espalda. La otra se deslizó por mi brazo, mi hombro y mi costado, deteniéndose deliberadamente sobre mis curvas antes de volver a abrazarme. Sentí que se me aceleraba la respiración.
—Eres un descarado —murmuré.
—Tú me invitaste a entrar.
—A tomar algo.
—Todavía no me has dado nada.
—Qué exigente.
Nos reímos. Aquello hizo la situación todavía más íntima. Fui hacia la cocina y sentí que venía detrás de mí. Antes de alcanzar la nevera, sus manos se apoyaron suavemente en mi cintura. Me quedé quieta.
—¿Así está bien? —preguntó junto a mi oído.
Giré lentamente entre sus brazos.
—Si no lo estuviera, ya lo sabrías.
Lo besé yo. Esta vez fui yo quien lo tomó del rostro y lo atrajo hacia mí. Sus manos volvieron a recorrer mi espalda y mis costados. Cada roce parecía deliberadamente lento. No había urgencia. Precisamente por eso resultaba mucho más intenso. En determinado momento me separé y lo encontré mirándome.
—¿Qué miras?
—A ti.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no preguntes.
Solté una carcajada.
—Sebastián, eres terrible.
—Y tú estás sonriendo.
No pude negarlo. Me quitó suavemente las gafas y las dejó sobre la mesa.
—¿Qué haces?
—Quería verte los ojos sin ellas.
—Ahora yo casi no te veo a ti.
—Mejor.
—¿Por qué?
Se acercó hasta que nuestros rostros quedaron separados por centímetros.
—Porque entonces tendrás que acercarte.
Me eché a reír y volví a besarlo. Mientras le beso paso mi mano sobre su pantalón y siento el bulto que empieza a crecer. Lo acaricio por encima de la tela, con la sensación que esconde algo grande ahí, mientras él con su mano me está apretando uno de mis senos. Me empuja hacia abajo, y mis dos manos se dirigen a su pantalón. Bajo el cierre y por un costado ya veo asomar su pene semi erecto, grueso, y de unos 19 centímetros. Mientras lo estoy mirando me pide que espere y sube un poco su cadera mientras sus manos bajan al mismo tiempo pantalón y bóxer hasta sus rodillas. Continúo arrodillada y acerco mi boca, mirándolo a los ojos, y comienzo a lamerlo desde la base hasta la punta, con mi mano derecha siguiendo el mismo movimiento. Escucho que su respiración se hace pesada y recuesta su cabeza hacia atrás. Sebastián tiene un pene que quiero que me coja por todos los orificios posibles.
Intento comer su verga por completo, y mi lengua acaricia repetidas veces la zona del glande y su orificio. Crece y toma una dureza que me excita cada vez más. Le chupo los testículos en forma completa, mientras mi mano derecha los masajea a la vez que él gime y su mano se dirige a mi nuca. Lo dejo que me guíe en la velocidad hasta que su mano se retira y me pide que me suba sobre él. Me quito la blusa y arremango mi falda hasta la cintura, me saco como puedo la ropa interior mientras lo observo acariciar su pene muy lentamente. Él se sienta sobre una de las sillas de la cocina, con su tremenda polla como un mástil. Me acomodo sobre él, sostiene su pene y al bajar mi cadera me penetra casi completamente; «casi» porque soy yo la que frena el descenso al sentir dolor y placer mezclados. Su pene es tan grueso que debo acostumbrarme primero unos segundos y continuar con el descenso. Su boca se dirige a mis tetas, comienza a succionar mis pezones mordiéndolos con fuerza, los que responden con una dureza poco habitual.
Comienzo a moverme despacio y mis gemidos van en aumento. Es tan grueso que estimula las paredes de mi vagina de una manera inesperada. Me abrazo a su cuello y mi boca queda a la altura de su oreja, gimo de placer y tengo un orgasmo tan intenso que siento que mi cuerpo pierde las fuerzas.
Me levanta y me lleva al sofá de la sala, diciéndome que me va a culear y comienzo a asustarme porque pienso que el tamaño de su pene me va a hacer pedazos. Intento darme la vuelta para convencerlo de otra cosa, pero me sostiene con fuerza y me hace poner en cuatro sobre el sofá. Una de sus manos presiona sobre mi espalda para que no pueda moverme y siento su otra mano entre mis piernas. Uno de sus dedos me penetra y se mueve lentamente, lo estoy disfrutando pero dura poco, sale de mi vagina y se apoya sobre mi ano, masajeando primero y luego intentando ingresar. Con algo de esfuerzo lo mete completo y siento placer mezclado con miedo, sé que lo que viene será menos placentero.
Retira su dedo y el miedo me cierra la garganta. Su pene se apoya sobre mi esfínter y comienza a forzarlo. El dolor es demasiado intenso y le pido que pare y vaya despacio. Me dice que él se queda quieto para que sea yo la que empuje; me parece un buen trato pero es imposible que algo tan grueso ingrese por esa parte. Comienza a impacientarse y vuelve a empujar, mi grito debería detenerlo, pero no es así, continúa avanzando y sus manos me mantienen inmóvil. Intento liberarme y me sostiene más fuerte. Medio pene se encuentra en mi interior. Nunca pensé que pudiera sentir tanto dolor, llego a pensar que lo mejor sería desmayarme. De a poco mi esfínter se acostumbra, no deja de doler pero se amortigua, siento que comienza un movimiento vaivén y entiendo que logró penetrarme completamente. Por momentos los relámpagos de dolor se repiten, pero también aparece placer. Comienzo a gemir muy suave y lo escucho decir que soy toda una puta.
Solo escuchar esa frase me excita más y ahora es mi cadera la que se mueve para sentir toda la extensión de su verga en mi culo. Sus manos me toman de la cintura y comienza a moverse más rápido, escucho sus jadeos y los movimientos se hacen violentos. Mi esfínter ya relajado soporta la situación y mi vagina está tan mojada que mis jugos bajan por la parte interna de mis piernas. Con un último empuje noto como su semen caliente llena completamente mi culo, y relajado su cuerpo se recuesta sobre mi espalda, mientras siento los últimos espasmos de su polla al acabar.
Muy lentamente se incorpora y sale de mi interior. Como puedo me doy la vuelta y quedamos enfrentados, toma mi cara y me besa, intento esquivarlo pero su lengua logra ingresar en mi boca y me besa largamente. Cuando me suelta su boca se acerca al costado de mi cabeza y me dice al oído que no le tengo que pagar la carrera.
Cuando Sebastián se preparaba para marcharse, yo estaba sentada tratando de recuperar un poco de dignidad. Me puse nuevamente las gafas. Él me miró y sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez estás mirando.
—Es que me gustas con gafas.
—Después de todo esto, ¿eso es lo que tienes para decir? Se echó a reír.
—También me gustan tus canas.
—Estás loco.
—Puede ser.
Lo acompañé hasta la puerta. Antes de salir me tomó suavemente por la cintura y me dio otro beso.
—Pamela…
—¿Sí?
—¿Qué día vuelves a tener pico y placa?
No pude evitar reírme.
—Sebastián, vete.
—¿Eso significa que no vas a decirme?
—Significa que quizás tendrás que averiguarlo.
—Entonces dame tu número.
Lo miré por encima de las gafas.
—¿También se lo pides a todas tus pasajeras?
—Solamente a las que me hacen olvidar que estoy trabajando.
Negué con la cabeza, todavía sonriendo. Saqué mi teléfono. Cuando finalmente cerré la puerta detrás de él, permanecí unos segundos apoyada contra ella. Después miré las bolsas abandonadas.
—¡La carne!
Corrí hacia la cocina. Mientras guardaba apresuradamente el mercado, mi teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido. «Para que tengas mi número. Sebastián, tu taxista favorito.» Me mordí el labio intentando contener una sonrisa. Respondí: «Eso todavía está por verse.» La respuesta llegó casi inmediatamente: «Entonces necesitarás otro viaje para comprobarlo.» Dejé el teléfono sobre la mesa. Miré mi reflejo en la ventana y noté las mejillas todavía encendidas. Sonreí. El problema era que mi próximo pico y placa no era sino hasta la semana siguiente. Y esta vez, me pareció demasiado lejos.

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