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Fantasías / Parodias, Masturbacion Femenina, Orgias

Clases de sexo a mis 12 años

Mi compañero separa mis nalgas, su dedo aceitoso dibuja círculos alrededor de mi ano, apretado, virgen aún, mientras el vibrador sigue en mi vagina, mientras nos besamos, mientras me pellizca el pezón. Tres estimulaciones simultáneas: boca, pecho, ano, y el zumbido constante en mi vagina..
Durante tres décadas, Japón se sumió en lo que los sociólogos llamaron «la gran abstinencia». No fue por falta de deseo biológico, sino por una convergencia letal: el trabajo absorbente, la tecnología de aislamiento, la pornografía virtual que reemplazó el contacto, y una juventud que encontraba más fácil el placer solitario que el riesgo de la intimidad.

Para 2024, el país registró el número más bajo de nacimientos en 125 años. El 68% de los matrimonios eran «sin sexo». Los jóvenes de 12 a 30 años, la generación más reciente, habían crecido sin contacto físico, sin besos robados, sin exploración. Sus cuerpos se atrofiaron: las feromonas desaparecieron del ambiente, los cuerpos femeninos se mantuvieron pre-púberes (pechos pequeños, sin vello, caderas estrechas), los masculinos igual (penes subdesarrollados, baja libido).

El gobierno, desesperado, aprobó la **Ley de Estimulación Nacional**. No era obscenidad: era supervivencia. Se crearían centros donde niños y jóvenes (12 a 18 años), los más «salvables», aprenderían desde cero: el tacto, la excitación, la masturbación mutua, el placer compartido. No se buscaba el orgasmo rápido, sino el **despertar hormonal**: reactivar glándulas dormidas, desarrollar cuerpos que habían olvidado cómo desear.

La consigna era clara: *»No es perversión, es preservación. No es placer, es deber patriótico.»*

Y así, en salas blancas, bajo luces frías, comenzó la reeducación de una generación que había olvidado cómo tocarse.

—

Entro a la habitación blanca. Las luces son frías, el olor a desinfectante. Llevo puesta la bata de hospital, azul, grande, que apenas me cierra. No tengo nada debajo.

La enfermera me indica que suba a la camilla. Lo hago, temblando. Mis piernas son delgadas, pálidas, sin un pelo. Mi cuerpo es liso y suave como un bebe.

—Relájate —dice el médico, entrando con una carpeta—. Es solo una evaluación inicial.

Me pide que abra la bata. Lo hago, mirando al techo, avergonzada. Siento sus ojos en mí. Sé lo que ve: pechos pequeños, casi planos, pezones rosados y pequeños, mi vientre plano, y entre mis piernas… nada. Liso. Sin vello. Sin desarrollo. Una vagina cerrada, casi invisible, como la de una muñeca.

—¿Alguna vez has tenido relaciones? —pregunta.

—No —susurro—. Nunca. No sé cómo hacer eso.

El médico asiente, hace una anotación.

—Vas a necesitar estimulación intensiva —dice—. Tu cuerpo no ha respondido a la falta de feromonas. Necesitas… contacto. Mucho contacto.

Siento que me sube el calor a la cara. No entiendo bien qué significa, pero sé que mi vida va a cambiar hoy.

El médico se acerca con una regla pequeña, metálica, fría.

—Vamos a medir —dice, profesional, sin emoción.

Siento la regla tocando mi pecho izquierdo. El pezón se eriza, pequeño, rosado, apenas del tamaño de una uva pasa. Anota: siete milímetros de diámetro. Mueve la regla al pecho derecho. Ocho milímetros. No son iguales. Mide la separación entre ellos: veintidós centímetros. Demasiado separados para mi pecho plano.

—Color de piel: blanca pálida, tipo porcelana —murmura, escribiendo.

Me pide que voltee. Lo hago, de rodillas, el rostro contra la camilla. Siento sus dedos separando mis nalgas. Avergonzada, expuesta.

—Lunar oscuro, redondo, cinco milímetros, ubicado dos centímetros del ano —dice, tocándolo con la yema del dedo—. Color del ano: rosado claro, sin pigmentación.

Vuelvo a voltear. Me mira a los ojos, anota: azules, claros, pestañas rubias casi invisibles.

—Ombligo —dice, presionando con el dedo—. Redondo, profundo, tres centímetros de diámetro.

Luego baja. Siento sus dedos tocando mi vagina, fría, cerrada. Separando los labios, que apenas existen, finos, rosados pálidos. Busca el clítoris, lo encuentra escondido, pequeñísimo, apenas visible, tres milímetros, no erecto, sin respuesta.

—Sin estimulación previa —comenta—. Cero excitación. Como se esperaba.

Me toca ahí, frotando suavemente, pero siento solo frío, contacto clínico. No sé qué debería sentir. No me excito. No entiendo qué es esto. Solo quiero que termine.

—Lista para asignación —dice, cerrando la carpeta—. Necesitarás un compañero paciente, alguien igual de inexperto. Alguien que te enseñe, que desarrolle tu cuerpo.

Trago saliva. Asignación. Un extraño. Mi primer… ¿qué?

Entro a la sala grande. Hay otros veinte, diez niños y diez niñas, todos con la misma bata azul, todos con el mismo cuerpo subdesarrollado, los mismos ojos nerviosos. Nos miramos, avergonzados, curiosos.

Una pantalla gigante se enciende. Videos. Una mujer y un hombre. Ella toma su pene con la mano, pequeño, flácido al principio, luego creciendo, endureciéndose. Lo frota, arriba y abajo, hasta que líquido blanco sale. Ella lo toma en su boca, lo traga.

—Estimulación manual y oral —dice una voz en altavoz—. Objetivo: extracción de semen para activación hormonal.

Me asignan a un chico. Rubio, ojos verdes, tan delgado como yo, tan liso como yo. Nos sentamos juntos en un banco. No nos atrevemos a mirarnos.

—Pareja tres —llama la voz—. Al frente.

Una chica y un chico caminan temblorosos. Se paran frente a todos. Se bajan las batas. Ella toma su pene, pequeño, rosado, apenas creciendo, y comienza a frotar como en el video. Arriba, abajo, lento, aprendiendo. Él cierra los ojos, jadea. Crece en su mano, se pone duro, rojo, la punta brillante.

—Continúa —dice la voz—. Hasta la extracción.

Ella acelera. Él se contrae, gime, y líquido blanco, espeso, sale en chorros cortos. Ella se agacha, lo toma en su boca, traga, hace una mueca pero lo logra.

—Siguiente pareja. La cuatro.

Somos nosotros. Mi corazón explota. Caminamos al frente. Me toco su pene, frío, pequeño, flácido. Empiezo a frotar, imitando a la anterior. Siento cómo crece en mi mano, cómo se calienta, cómo se pone duro, palpitante. Es extraño, gomoso, pero me emociona hacer esto, tocarlo, sentirlo mío.

—Extracción oral —dice la voz.

Me agacho, lo meto en mi boca, saboreo algo salado ya, y sigo chupando, sintiendo. Él se contrae, gime fuerte, y el líquido llena mi boca, caliente, espeso. Trago, toso, pero lo logro. Me siento… poderosa.

Al volver a mi asiento, noto el calor en la sala. Otros se tocan ya, sin vergüenza. Una chica se masturba sola, otra pareja se besa, desnuda. Y yo… siento humedad entre mis piernas, algo nuevo, algo que nunca había sentido. Estoy excitada. Mi cuerpo finalmente responde.

La noche es fría, pero no insoportable. Me llevan a un cuarto largo, con veinte camas individuales, pero una cama para cada pareja. Mi compañero, el rubio, y yo, sin ropa, sin cobijas, forzados a compartir una cama estrecha de noventa centímetros. Nos acostamos de lado, espalda contra pecho, sus piernas entre las mías, su pene flácido presionando mi espalda baja, mi trasero contra su pelvis. No hay escape del contacto. Su aliento en mi cuello, su mano incidentalmente sobre mi pecho pequeño, mi mano tocando su muslo, casi su sexo. Dormimos así, incómodos, excitados, avergonzados, pero obligados a acostumbrarnos al tacto del otro.

—

La mañana siguiente, nos llevan a otra sala. Camas más grandes esta vez, una para cada pareja. Un instructor entra, hombre serio, con un diagrama en la pared.

—Posición sesenta y nueve —anuncia—. Estimulación oral mutua. Aprendan el cuerpo del otro mientras son estimulados.

Mi compañero se acuesta boca arriba. Me posiciono encima, al revés, mi vagina sobre su rostro, su pene frente al mío. Lo veo desde arriba, flácido aún, los testículos colgantes, arrugados, rosados, el vello ausente, su piel lisa como la mía. Pero al sentir mi aliento, crece. Lo observo fascinada: se alarga, se engrosa, la punta emergiendo del prepucio, roja, brillante, la vena central marcándose. Se pone erecto, grande, palpitante, casi tocando mi barbilla.

—Lámelo —instruye el profesor, acercándose, señalando con su dedo—. Desde la base, lengua plana, subiendo por la vena, hasta el glande.

Obedezco. Paso mi lengua desde abajo, sintiendo el sabor salado, la textura rugosa de la vena, subiendo hasta la punta. El profesor toma mi cabeza, guía mi movimiento.

—Ahora la cabeza —dice—. Chúpala, lengua circular, succión suave.

Meto la cabeza en mi boca, saboreo el prepucio retraído, el sabor fuerte, único. Chupo, hago círculos con la lengua alrededor del glande, y él gime debajo de mí, sus caderas moviéndose.

—Ahora tú —dice el profesor a mi compañero—. Encuentra el clítoris.

Siento sus manos separando mis labios, finos, húmedos ya. Su lengua busca, lamiendo de abajo arriba, hasta encontrar mi botoncito pequeño, casi escondido. Lo chupa, lo lame, hace círculos, y yo grito, el placer intenso, nuevo, eléctrico.

—Dedos —ordena el profesor—. Vagina, despacio.

Siento un dedo intentando entrar, apenas la mitad, mi vagina apretada, virgen, cediendo despacio. Se mueve adentro, buscando, mientras su lengua sigue en mi clítoris.

Estoy mojada, muy mojada, fluidos claros escurriendo de mí, empapándole la cara, pero no soy líquida, no llego a ese punto. Aún avanzamos, aún aprendemos.

—Continúen —dice el profesor—. Hasta la extracción mutua.

Chupo más fuerte, más rápido, sintiendo cómo crece en mi boca, cómo se tensa. Él acelera su lengua, sus dedos, y ambos gemimos, el placer construyéndose, unidos en esta posición obscena, aprendiendo, excitándonos, hasta que…

—Ahora —gruñe el profesor—. Vengan juntos.

Exploto. Un orgasmo largo, contracciones profundas, mi vagina apretando su dedo, mi clítoris palpitando contra su lengua. Él se contrae también, chorros de semen caliente llenando mi boca, trago, toso, pero sigo chupando, tragando, sintiéndolo todo.

Caemos, jadeantes, enredados, aprendidos.

La siguiente lección nos lleva a una sala más grande. El instructor anuncia que es hora de «múltiples estimulaciones» —aprender a recibir placer de dos fuentes simultáneas, preparándonos para la próxima fase de reproducción intensiva.

Me asignan otros dos niños de mi misma edad. Uno es mi compañero rubio de los días anteriores. El otro es nuevo: moreno, ojos oscuros, cuerpo igual de delgado y liso que todos nosotros.

—Posición —ordena el instructor—. Ella en el centro.

Me acuesto en la cama. El moreno se posiciona entre mis piernas, su rostro frente a mi vagina ya húmeda, anticipando. El rubio se arrodilla a mi lado, cerca de mi cabeza, su pene erecto, brillante, a centímetros de mi boca.

—Comiencen —dice el instructor.

Siento la lengua del moreno, nueva, diferente, más firme, explorando mis labios, encontrando mi clítoris, chupándolo con fuerza. Gimo, arqueándome, mientras agarro el pene del rubio con mi mano derecha, masturbándolo despacio, sintiendo su pulso.

—Boca —recuerda el instructor—. Estimulación oral simultánea.

Meto la cabeza del rubio en mi boca, chupando, mi lengua girando alrededor de su glande, mientras mi mano sigue moviéndose en su tronco, arriba y abajo. El placer es doble: abajo, la lengua del moreno en mi clítoris, sus dedos intentando entrar en mi vagina, ahora más fácil, más abierta; arriba, el sabor del rubio, su gemido, su mano acariciando mi pecho pequeño.

—Observen la coordinación —explica el instructor a la clase—. Receptor y dador simultáneo. El cuerpo femenino activándose por múltiples vías.

Estoy perdida en la sensación. El moreno mete dos dedos ahora, girándolos, buscando un punto que me hace ver estrellas. El rubio empuja más profundo en mi boca, casi ahogándome, pero sigo, queriendo más, necesitando más.

—Ritmo —ordena el instructor—. Sincronicen el orgasmo.

Acelero mi masturbación en el rubio, chupando más fuerte, mientras el moreno chupa mi clítoris sin piedad, sus dedos entrando y saliendo. Siento que ambos se tensan, que yo me acerco, el placer construyéndose en oleadas.

—Ahora —grita el instructor—. ¡Todos!

Exploto. Mi vagina se contrae alrededor de los dedos del moreno, mi boca se llena del semen del rubio, trago, grito, convulsiones en todo mi cuerpo. El moreno sigue lamiendo, prolongando mi orgasmo, mientras el rubio se vacía en mi garganta, jadeando, temblando.

Caemos, los tres, en un montón de sudor y fluidos, aprendiendo que el placer puede venir de múltiples fuentes, que mi cuerpo puede recibir y dar simultáneamente, que esto apenas comienza.

La siguiente lección traen juguetes. Entramos a una sala con mesas bajas, una para cada pareja. Sobre cada mesa: un vibrador pequeño, un plug anal, aceite lubricante.

—Estimulación con ayuda mecánica —anuncia el instructor—. Para alcanzar niveles de excitación imposibles manualmente.

Mi compañero es el rubio de nuevo. Nos sentamos en la mesa, frente a frente, desnudos. El instructor toma el vibrador, lo enciende, el zumbido llena la sala.

—Comiencen con besos —ordena—. Lengua con lengua, mientras activan los juguetes.

Nos besamos, profundo, nuestras lenguas enredándose, saliva mezclándose. Siento su mano tomando el vibrador, posicionándolo contra mi vagina, el zumbido eléctrico contra mis labios, mi clítoris. Gimo en su boca, el placer intenso, diferente, mecánico, fuerte.

—Pezones —recuerda el instructor—. No olviden los pezones.

Su mano libre encuentra mi pecho pequeño, pellizca mi pezón, lo rueda entre sus dedos, mientras el vibrador sigue zumbando en mi vagina, haciéndome mojar, goteando en la mesa.

—Ahora el ano —dice el instructor, acercándose, tomando el plug, sumergiéndolo en aceite—. Círculos, despacio, preparando.

Mi compañero separa mis nalgas, su dedo aceitoso dibuja círculos alrededor de mi ano, apretado, virgen aún, mientras el vibrador sigue en mi vagina, mientras nos besamos, mientras me pellizca el pezón. Tres estimulaciones simultáneas: boca, pecho, ano, y el zumbido constante en mi vagina.

—Metan el plug —ordena el instructor—. Despacio.

Siento presión, el plug redondo empujando, abriéndome, entrando centímetro a centímetro, el estiramiento intenso, nuevo, hasta que la base se asienta, llenándome por atrás, mientras el vibrador sigue adelante.

Estoy llena, estimulada por todos lados, besándolo sin parar, gimiendo, mojada, el orgasmo construyéndose más fuerte que nunca.

El zumbido del vibrador se intensifica. Mi compañero lo presiona más fuerte contra mi clítoris, el plug anal llenándome por detrás, sus dedos pellizcando mi pezón, nuestras lenguas enredadas sin aliento.

—Véngase —ordena el instructor—. Ahora.

Exploto. Un orgasmo que nunca había sentido, más profundo, más largo, más intenso. Mi vagina se contrae violentamente alrededor del vibrador, mi ano apretando el plug, chorros de humedad salpicando la mesa, mis piernas temblando sin control. Grito en su boca, el placer eléctrico recorriendo todo mi cuerpo, desde mi clítoris hasta mi ano, hasta mis pezones, todo conectado, todo pulsando.

Caigo sobre él, jadeando, el vibrador aún zumbando contra mí, prolongando el placer hasta que no puedo más.

La siguiente lección es penetración. Me acuesto en la cama, el plug anal aún dentro de mí, llenándome, estirándome. Mi compañero, el rubio, se posiciona entre mis piernas, su pene erecto, brillante, más grande de lo que recuerdo, más deseado que nunca.

Lo miro con otros ojos ahora. Sus ojos azules, claros, intensos, mirándome con deseo. Su abdomen, antes plano y sin forma, ahora algo marcado, músculos surgiendo por las sesiones de estimulación, de tensión, de sexo. El sudor corre entre sus cuadros, gotas brillantes bajando por su piel, haciéndolo brillar.

Lo deseo. Más que cuando lo conocí, más que ayer, más que hace una hora. Lo quiero dentro de mí, llenándome, completándome.

—El plug se queda —dice el instructor—. Doble llenado, máxima estimulación.

Siento la punta de su pene presionando mi entrada vaginal, ya húmeda, abierta por el vibrador, pero aún estrecha. Empuja despacio, centímetro a centímetro, y siento cómo entra, cómo me llena por delante, mientras el plug me llena por detrás, ambos presionando, separados apenas por una delgada pared de carne.

Es demasiado, es todo, es éxtasis. Grito, arqueándome, viendo sus ojos azules fijos en los míos, viendo el sudor caer de su abdomen, sintiendo su pene creciendo más dentro de mí, palpitando.

—Mírense —ordena el instructor—. Conexión visual, conexión física.

No aparto la mirada. Él empuja más fuerte, más profundo, hasta el fondo, y empieza a moverse, el ritmo constante, el sonido húmedo de nuestra unión, el plug haciendo presión por detrás, todo simultáneo, todo perfecto.

—Vénganse juntos —dice el instructor—. Sincronicen.

Acelera, sus caderas golpeando contra mí, su abdomen contra mi vientre, el sudor mezclándose. Siento que se tensa, que crece más, que palpita.

—Me vengo —gruñe él, y explota dentro de mí, chorros de semen caliente llenándome, empapándome, marcándome.

Yo exploto con él, mi vagina contrayéndose alrededor de su pene, mi ano apretando el plug, un orgasmo doble, profundo, el más intenso de mi vida, perdiendo la cabeza, viendo sus ojos azules, sabiendo que esto es solo el comienzo.

Nos asignan un cuarto individual. Solo para nosotros. Una cama grande, baño privado, una mesa con frutas, agua, y una pequeña pastilla rosada sobre un platillo.

—Afrodisíaco —explica el instructor, sonriendo—. Para potenciar la libido, para que no puedan parar. Practiquen todo lo aprendido. Mañana les entregamos sus nuevas vidas.

Tomamos la pastilla. En minutos, el calor invade mi cuerpo. No es excitación normal; es hambre, es necesidad, es obsesión. Lo miro y solo puedo pensar en sentirlo dentro de mí, en todas partes, sin parar.

La noche es indescriptible. Me tumba boca arriba, me penetra vaginalmente, profundo, salvaje, el plug ya fuera, solo él llenándome, moviéndose en círculos, cambiando de ángulo, golpeando ese punto que me hace ver estrellas. Los sonidos de nuestros cuerpos chocando, *plap plap plap*, húmedos, fuertes, mezclados con mis gemidos agudos, sus gruñidos roncos.

Luego me gira, me pone de rodillas, y entra por mi ano, ahora dilatado, abierto, aceptándolo fácil, dolor mezclado con placer intenso, sus manos agarrando mis caderas, sus dedos dejando marcas, el sudor cayendo de su pecho sobre mi espalda, gotas calientes recorriendo mi piel.

Después oral. Él entre mis piernas, lamiendo mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos en mi vagina, chupando mi humedad, mientras yo agarro su pene, lo masturbo, lo chupo, el sabor de nosotros mezclados. Luego yo sobre él, cabalgándolo, mis pechos pequeños rebotando, él sentado, chupando mis pezones, mordiéndolos, pellizcándolos, el dolor dulce sumándose al placer.

Movimientos sin cesar. Cuerpos deslizándose, resbaladizos de sudor, de fluidos, de semen. Gritos que no nos importa quién escuche. Orgasmos múltiples, uno tras otro, sin descanso, la pastilla haciéndonos insaciables.

Cuando amanece, estamos exhaustos, cubiertos de semen, de saliva, de sudor, enredados en las sábanas rotas.

—

El instructor nos despierta. Sonríe.

—Felicitaciones. Han sido asignados como pareja reproductora oficial. A tus 12 años ya puedes quedar embarazada.

Nos entrega un sobre. Dentro: llaves de un apartamento propio, en el distrito de repoblación. Comida garantizada, estudios pagados, todo financiado por el gobierno. Solo una condición: debemos procrear. Mínimo tres hijos en los próximos cinco años.

Mi ahora esposo me mira. Yo lo miro. Ambos sonreímos.

—Aceptamos —digo, tomando su mano—. Empezamos hoy.

Fin.

14 Lecturas/5 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Danielaxxx
Etiquetas: anal, baño, oral, orgasmo, semen, sexo, vagina, virgen
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