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Sexo Sin Tabues 3.0
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Orgias

EN EL TALLER

Inicie el día con el carro descompuesto, y lo terminé perfectamente, el carro también.

El calor de Cali aquel mediodía era sencillamente insoportable. El sol caía vertical sobre las calles y el pavimento parecía devolverlo multiplicado. El aire acondicionado de mi carro llevaba varios minutos trabajando al máximo cuando, de repente, sentí un tirón. Luego otro.

El motor perdió fuerza.

—No, no, no… ahora no —murmuré.

Alcancé a detenerme antes de que se apagara por completo. Intenté encenderlo dos veces, pero nada. Llamé una grúa. El conductor llegó casi cuarenta minutos después. Revisó rápidamente el motor y me dijo que conocía un taller por Las Granjas donde trabajaban bien y probablemente podrían solucionarlo ese mismo día. Acepté. Cuando llegamos, la grúa retrocedió hasta la entrada de un taller grande, de techo alto, paredes gastadas y piso de concreto manchado por años de grasa y aceite. El olor a caucho, gasolina y metal caliente llenaba el lugar. Descargaron mi carro. El conductor de la grúa se despidió y desapareció calle abajo. Entonces me di cuenta de que era la única mujer allí. Había cinco mecánicos.

El primero que se acercó tendría unos cincuenta y tantos años. Alto, corpulento, cabello entrecano y brazos fuertes. Llevaba un overol azul abierto hasta medio pecho.

—¿Este es el paciente? —preguntó.

—Ese mismo.

Sonrió.

—Vamos a ver si lo salvamos.

Extendió su mano.

—Ernesto.

—Pamela.

—Mucho gusto, doña Pamela.

Su mirada permaneció sobre mí un instante más de lo estrictamente necesario. No me molestó. El segundo era Mauricio, unos cuarenta y tantos, piel morena, hombros anchos y una camiseta gris ajustada y húmeda por el sudor. Julián tendría alrededor de treinta y cinco, barba corta y una sonrisa que parecía esconder permanentemente alguna travesura. Andrés era algo más joven, robusto, de brazos gruesos. Y Camilo, quizá el menor de todos, era alto y delgado, con cabello oscuro y una expresión descaradamente alegre. Cinco hombres. Cinco personalidades distintas. Y cinco maneras diferentes de mirarme. Al principio intenté ignorarlo. Pero hacía demasiado calor.

A los pocos minutos sentía la blusa pegada a la espalda. Mi cabello canoso, que había llevado suelto, comenzaba a molestarme, así que lo recogí improvisadamente mientras ellos abrían el capó. Me quité las gafas para limpiarlas. Cuando volví a ponérmelas descubrí a Julián observándome.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Esa cara no parece de nada.

Sonrió.

—Estaba pensando que usted no parece muy preocupada por el carro.

—Porque supuestamente estoy rodeada de cinco expertos.

—Supuestamente —repitió.

Me reí. El ambiente empezó a cambiar desde ese momento. Ernesto revisaba el motor mientras Mauricio buscaba herramientas. Andrés estaba debajo del carro y Camilo iba y venía. Yo permanecía cerca. El calor continuaba aumentando. Desabroché un botón de mi blusa. Después otro. Necesitaba aire. Cuando abrí el tercero me di cuenta de que quizás había sido demasiado, especialmente considerando mis senos grandes y la manera en que la tela húmeda se adhería al cuerpo. Miré hacia el carro. Silencio. Los cinco parecían repentinamente muy concentrados en su trabajo. Sonreí.

—¿Qué pasó? Hace un momento hablaban muchísimo.

Camilo soltó una carcajada.

—Estamos concentrados, doña Pamela.

—Claro.

Me abanique con la mano. Mauricio se acercó con una botella de agua fría.

—Tome.

—Gracias, con este calor sería mejor una cerveza.

-Se le tiene, dijo, retirándose a una nevera y sacando una poker helada que me entregó.

Nuestros dedos se tocaron cuando recibí la cerveza. Fue apenas un roce. Pero ninguno retiró inmediatamente la mano. Levanté la mirada. Mauricio tenía unos ojos oscuros extraordinariamente tranquilos.

—Está helada —dije.

—Eso necesita.

—No sabe cuánto, respondí, tomándomela de una sola vez.

Él sonrió lentamente. Entonces comprendí que yo también estaba jugando. Y me gustó descubrirlo.

El diagnóstico tardaba. Ernesto me explicó algo sobre una pieza que debían desmontar. Yo intentaba prestar atención, pero él estaba muy cerca. Podía sentir el olor de su piel mezclado con aceite y jabón.

—¿Entendió? —preguntó.

—Absolutamente nada.

Se rio.

—Entonces confíe en mí.

—Eso puede ser peligroso.

Ernesto levantó una ceja.

—Depende para qué.

Nos quedamos mirándonos. Detrás escuché una risa.

—Trabajen —ordenó Ernesto sin apartar los ojos de mí.

—Estamos trabajando —respondió Julián.

El doble sentido era evidente. Me sorprendió sentir que mis mejillas se calentaban. A mis sesenta y tantos años hacía mucho tiempo que había aprendido a reconocer el deseo masculino. Soy alta, cabello completamente canoso, ojos cafés detrás de mis gafas y curvas que nunca habían sido particularmente discretas. Pero aquello era diferente. Quizá porque eran cinco. Quizá porque yo era plenamente consciente de que todos me observaban. O quizá porque, inesperadamente, estaba disfrutándolo.

Pasó casi una hora. El calor se volvió sofocante. Me senté sobre el borde de una mesa metálica. Julián apareció con un pequeño ventilador.

—Conseguí esto.

Lo puso frente a mí.

—Mi héroe.

—Entonces merezco recompensa.

—No abuse.

—Ni siquiera he dicho qué quiero.

—Precisamente por eso.

Los dos reímos. Julián se inclinó para conectar el ventilador y su hombro rozó mi rodilla. No parecía accidental. Tampoco hice nada para apartarme. Cuando se incorporó quedó frente a mí. Muy cerca.

—¿Mejor?

El aire movió ligeramente mi blusa.

—Muchísimo.

Sus ojos bajaron apenas un instante.

—Se nota.

—Julián…

—¿Sí?

—Está mirando donde no debe.

Me sostuvo la mirada.

—¿Y dónde debo mirar?

Señalé mis ojos.

—Aquí.

Obedeció.

Pero ahora aquello resultaba todavía más intenso.

Andrés era diferente. Mucho más reservado. Cuando los demás bromeaban, él sonreía desde lejos. Hasta que necesitó pasar detrás de mí para alcanzar unas herramientas. Su mano descansó suavemente sobre mi espalda.

—Permiso.

Podría haber pasado sin tocarme. Lo sabía. Él también. Su mano descendió apenas hasta mi cintura antes de desaparecer. Me volví.

—¿Siempre pide permiso después?

Andrés pareció sorprendido.

—Perdón.

—No dije que me hubiera molestado.

Su expresión cambió. Por primera vez vi aparecer una sonrisa lenta en su rostro.

—Entonces la próxima vez pregunto primero.

—Eso estaría mejor.

Camilo fue el más descarado. Se acercó mientras los demás trabajaban.

—Doña Pamela, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Depende.

—¿Siempre es así?

—¿Así cómo?

Me examinó de arriba abajo.

—Así.

Solté una carcajada.

—Esa no es una pregunta.

—Entonces se la cambio. ¿Siempre provoca tanto desorden cuando llega a un taller?

—Mi carro es el que está causando problemas.

—El carro no.

Lo miré por encima de las gafas.

—Cuidado, jovencito.

—¿Con qué?

—Con meterse en problemas.

Camilo se acercó un poco.

—Tal vez me gustan.

Por alguna razón aquella respuesta hizo que mi corazón diera un pequeño salto.

Fue entonces cuando escuché el estrépito de la puerta metálica. Mauricio la había cerrado parcialmente.

—¿Por qué cierra? —pregunté.

—El sol está entrando directamente.

Tenía razón. Pero cuando la puerta descendió, el taller quedó en una penumbra diferente. Más íntima. El ruido de la calle se volvió distante. Quedamos nosotros seis. Algo cambió. Nadie habló durante algunos segundos. Ernesto se limpió las manos con un trapo y caminó hacia mí.

—Doña Pamela.

—¿Sí?

—El carro todavía va a demorarse.

—Ya me lo imaginaba.

—Podemos pedirle un taxi si quiere.

Era la salida perfecta. Miré hacia la puerta. Después hacia él.

—No tengo afán.

El silencio regresó. Mauricio estaba detrás. Julián apoyado contra el carro. Andrés había dejado las herramientas. Camilo me observaba desde unos metros. Sentí aquella electricidad recorriendo el ambiente. Ernesto quedó frente a mí.

—¿Segura?

Comprendí que ya no hablábamos del carro.

—Sí.

Fue todo.

No sabría decir quién inició realmente. Quizás fui yo. Quizás fue Ernesto cuando puso una mano sobre mi cintura. Quizás fui yo cuando no me aparté. Nuestros rostros quedaron muy cerca.

—Señora Pamela… —murmuró.

Escuchar mi nombre pronunciado de aquella manera me estremeció.  Quíteme el señora le dije y lo besé. O él me besó. Nunca estuve completamente segura. Solo recuerdo que aquel primer beso rompió algo. Sentí una mano en mi espalda. Después otra sobre mi brazo. Alguien apartó suavemente mi cabello para besar mi cuello. Cerré los ojos. Las sensaciones comenzaron a confundirse. Unas manos eran grandes y firmes. Otras más cuidadosas. Algunas parecían preguntar antes de avanzar. Otras esperaban mi reacción. Y yo respondía.

Con una sonrisa. Con una mirada. Con mi propia mano buscando un hombro, un pecho, un rostro. Mis gafas terminaron sobre la mesa.

—Cuidado con ellas —alcancé a decir.

Alguien rio junto a mi oído.

—Las estamos cuidando.

—Más les vale.

Otro beso silenció mi respuesta. Ya no sabía quién estaba delante y quién detrás. Solo sabía que estaba rodeada. El calor que antes me parecía insoportable ahora tenía otro significado. Sentía respiraciones junto a mi cuello. Dedos recorriendo lentamente mis brazos. Una mano firme sobre mi cintura. Otra acariciando mi espalda. Besos que llegaban y desaparecían. Yo pasaba de unos brazos a otros, permitiéndome disfrutar aquella improbable sensación de ser el centro absoluto de todas las miradas. Había algo casi embriagador en ello. No era solamente el contacto. Era sentirme deseada. Deseada intensamente.

Pronto todos ellos estaban completamente desnudos, y entre todos también me dejaron cono Eva llegó al mundo.  Me rodearon con sus pollas totalmente erectas.  Tanteé esas 5 vergas y noté como mis pezones se ponían duros mientras que mi coño se mojaba paulatinamente. Me vi en un instante arrodillada con mis blancas y colgantes tetas de madura al aire y chupando 5 vergas con sus 10 huevos repletas de venas y negras como el tizón. Tenía tanta polla alrededor que ni siquiera me había fijado en las caras de esos sujetos que tanto placer me iban a dar. Estaba exhausta de tanto chupar. No daba abasto. Me sentía una zorra pero eso me gustaba sobremanera.

De repente Ernesto me cogió en brazos y me llevó a una mesita mientras el resto de esa tribu imposible le seguía con sus pollas de lado a lado debido a lo tremendo de sus erecciones.  Me colocaron sobre la mesa, y sin excepción, entre todos me sobaron mis tetas, culo y coño. Andrés me besó en la boca sabiéndome delicioso su aliento y lengua. Camilo empezó a filmar con su celular.

Ernesto me puso a cuatro patas y me folló sin compasión alguna. Yo gemía como un animal. Camilo me ensartó la boca con cuidado de no hacerme daño con ese rabo de ébano mientras seguía grabando con su celular  y Andrés me enculó como pudo no sin dificultades. Con los dos restantes, cogí sus pollas con mis pequeñas manos y los masturbaba a la vez. Estaba llena de hombres y sus  pollas. Hombres que gemían y me decían obscenidades sin parar.  Me hacían sentir como toda una puta, lo que me ponía literalmente a cien. Estaba confundida y mareada, pero también arrecha,  con tanta polla en derredor.

Los cinco se turnaban mis agujeros en ese sándwich improvisado a cada señal del Ernesto que indefectiblemente era quien llevaba la voz cantante. Rápidamente tuve mi primer orgasmo, que me delataba la manera en que temblaba mi cuerpo.  En cada temblor mio, aprovechaban para cambiar sus posiciones.

No recuerdo la cantidad de orgasmos que tuve con estos hombres; me iba de uno a otro sin solución aparente. Por supuesto volvería a ese local algún día más. No en vano, esos hombres me trataron correctamente y con cuidado de no hacerme daño además.

Poco a poco se les notaba más exhaustos incluso que yo y comenzaron a correrse en mi cara, tetas y pelo. Emitían aullidos de placer cuando lo hacían y acabé ahíta de blanco y espeso semen. Conforme lo hicieron sus vergas estaban aún más rígidas y tiesas. Rodeadas todas ellas de unas venas que iban desde sus huevos hasta el canal de sus enormes glandes surcando los troncos de sus gigantescas pollas. El primero me lanzó un generoso chorro de semen a la frente seguido del segundo que logró tapar mis ojos.

Mientras me quitaba esa espesa membrana blanca de mi vista, vi como Julián acertaba en todas mis mejillas quedándose completamente desahogado. Casi no me dio tiempo de relamer su polla hasta la última gota cuando Mauricio se había corrido directamente en mi boca abierta al uso.

Solo faltaba uno, Camilo el del celular, quien le cedió el aparato a otro el cual siguió grabando y que disparó 4 largos espasmos de semen en mi cara mientras las descansadas pollas del resto mitad temblorosas mitad fláccidas les llegaban a media altura de sus muslos. Pude comprobar como Camilo retiraba su enorme verga entre estertores de mi cara sacudiendo su semen en ella hasta la última gota. Ahora si que estaba llena de la leche de aquellos cinco hombres.

Ernesto y Andrés se acercaron de nuevo y cogieron mi cara a la vez que mis manos subían y bajaban a lo largo de sus tremendas pollas. Los estaba exprimiendo a conciencia. Sus huevos de repente se contrajeron al unísono y soltaron 9 largos chorros de lefa a mi cara.  Ambos gemían como toros. Mientras las lechadas de sus amigos brillaban transparentes en mis tetas, rostro y pelo las suyas aún estaban blancas como la espuma, resbalando por mis pechos hasta mis muslos y se metía en mi coño por la acción de la gravedad.

A mis sesenta y tantos años, con mi cabello canoso lleno de semen, mis gafas descansando sobre una mesa grasienta y completamente exhausta y arrecha, cinco hombres me miraban como si ninguna otra mujer existiera fuera de aquel taller. Y aquello me hizo sentir extraordinariamente viva.  Cada uno se acercó y me besó en la boca, y con cada uno entrelace mi lengua con la suya a manera de despedida.  El tiempo desapareció. El taller desapareció. Incluso olvidé por momentos por qué había llegado allí. Hasta que, mucho después, el ruido de una motocicleta pasando por la calle pareció devolvernos súbitamente a la realidad. Me quedé quieta. Respirando profundamente. Ellos también. Nos miramos.

Entonces Camilo empezó a reír.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—Dígalo.

—Estoy pensando que Ernesto va a cobrarle una revisión bastante completa.

Le lancé el trapo que estaba sobre la mesa.

Todos estallaron en carcajadas.

Me bañe en una ducha que me prestaron para poderme quitar todo el esperma que me cubria y que ya estaba pegachento, y me arreglé lentamente. Abotoné mi blusa. Organicé mi cabello. Finalmente recuperé las gafas y me las puse.   Al salir, los cinco estaban alrededor del carro intentando fingir normalidad. Era imposible. Cada vez que alguno me miraba, sonreía. Finalmente escuché el motor encender. Ernesto salió del carro.

—Listo, doña Pamela.

—¿De verdad?

—Como nuevo.

Me acerqué.

—¿Está seguro?

—Completamente.

—Porque no quiero quedarme varada otra vez.

Julián intervino:

—Puede traerlo cuando quiera. Aunque esté funcionando.

Lo miré pícaramente.

—Qué servicio tan dedicado.

Pagué la reparación y caminé hacia el carro. Antes de entrar me volví. Allí estaban los cinco. Ernesto, Mauricio, Julián, Andrés y Camilo. Todos observándome.

—Gracias, muchachos.

—Con mucho gusto, doña Pamela —respondió Ernesto.

Encendí el motor. Funcionaba perfectamente. Bajé la ventana.

—Ernesto.

—¿Sí?

—¿Cada cuánto recomienda una revisión?

Los demás comenzaron a reír. Ernesto cruzó los brazos.

—En su caso, doña Pamela, yo diría que bastante seguido.

Me puse las gafas de sol.

—Entonces seguramente volveremos a vernos.

Salí del taller. El sol seguía cayendo despiadadamente sobre Cali, pero mientras avanzaba por Las Granjas descubrí que estaba sonriendo. Había comenzado aquel día furiosa porque mi carro se había averiado. Ahora el motor funcionaba perfectamente. El problema era otro. Cada vez que cerraba los ojos podía recordar aquellas miradas, aquellas manos insinuándose sobre mi cuerpo y aquella voz pronunciando mi nombre junto a mi oído. Llegué al primer semáforo. Miré por el retrovisor. El taller ya había desaparecido. Suspiré.

—Pamela… —me dije—. ¿En qué te has metido?

El semáforo cambió a verde. Aceleré. Y mientras regresaba a casa tuve un pensamiento absolutamente absurdo. Quizás mañana por la mañana mi carro podría comenzar a hacer algún ruido extraño. Después de todo, ciertas fallas conviene revisarlas antes de que se vuelvan graves.

3 Lecturas/28 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Relator0817
Etiquetas: amigos, culo, joven, jovencito, madura, orgasmo, puta, semen
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