La Malcriada Rica y el Oscuro Indigente – Capitulo 2 –
Sofía tenía dieciocho años recién cumplidos. Era virgen. Hija única de una familia multimillonaria que vivía en una mansión enorme a las afueras de la ciudad. Mimada desde que nació, nunca le había faltado nada… excepto lo que más le estaba empezando a quemar por dentro: un hombre…
La amiga que ya cayó
Sofía se despertó con la boca seca y el cuerpo todavía pesado. La luz de la mañana entraba por las cortinas de seda y le daba de lleno en la cara. Se quedó un rato mirando el techo, recordando la noche anterior: los ojos hundidos del viejo, la palabra “Mamba Negra”, la humedad traicionera entre sus piernas y, sobre todo, la rabia consigo misma.
“No voy a pensar en eso”, se repitió mientras se levantaba. “Fue un momento de debilidad. Nada más. Hoy no paso por esa esquina. Hoy no lo miro. Hoy no le doy el gusto. Yo soy Sofía. Yo valgo mucho más que un mendigo negro viejo y asqueroso. Yo soy blanca, soy rica, soy virgen. Ese viejo no merece ni un segundo de mi atención.”
Se duchó con agua fría. El jabón resbaló por sus tetazas pesadas, por el vientre plano, por el culazo redondo y firme. Cuando se secó frente al espejo, se obligó a no mirarse demasiado tiempo. Aun así, no pudo evitar notar cómo los pezones se le habían endurecido solo con el roce de la toalla. Se tocó uno por encima de la tela y sintió una corriente molesta que bajó directo al coño. Se apartó la mano enseguida, enfadada.
Se vistió con un top blanco ajustado que le marcaba los pechos de forma casi obscena y unos jeans claros que le apretaban las caderas y se le metían entre las nalgas. Cada vez que se movía, sentía cómo la tela rozaba su coño. Se maquilló con cuidado, se puso el pelo suelto y salió de la mansión con la misma arrogancia de siempre.
No iba a dejarse ganar por un mendigo.
Camino del centro se encontró con Valeria en la terraza de un café caro. Valeria era de su misma edad, también hija de dinero, también mimada, aunque un poco más suelta de lengua y de cuerpo. Llevaba gafas de sol grandes y un vestido corto que le dejaba las piernas al aire y marcaba el escote. Cuando vio a Sofía, sonrió con esa sonrisa perezosa que últimamente tenía.
—Hola, princesa —dijo, y le hizo un gesto para que se sentara—. Qué bueno que apareciste. Estaba pensando en ti.
Sofía se sentó, pidió un café y cruzó las piernas. El top se le tensó sobre las tetazas. Notó cómo un par de hombres en la mesa de al lado la miraban, pero no les prestó atención. Su mente seguía ocupada en no pensar en el viejo de la esquina.
—¿Pensando en mí? ¿Para qué?
Valeria se quitó las gafas. Tenía ojeras y una expresión rara, como si hubiera dormido poco… o demasiado.
—Porque anoche volví a ver al viejo de la esquina. Al negro ese. Al que le dicen Mamba Negra.
Sofía sintió que el corazón se le detenía un segundo. El café le tembló en la mano. Un calor repentino le subió por el cuello hasta las mejillas. El coño se le contrajo solo.
—¿Qué? —preguntó, la voz más baja de lo que pretendía—. ¿De qué estás hablando?
Valeria se inclinó hacia adelante. Bajó la voz, pero no lo suficiente para que no se oyera el morbo que había detrás de cada palabra.
—Sí. Ese. El mendigo viejo, arrugado, sucio… el que siempre está apoyado en la pared mirando a las chicas. Bueno… resulta que no es solo un mendigo. Tiene una verga… Sofía, no te hago idea. Es monstruosa. Negra, gruesa, venosa, tan grande que al principio pensé que me iba a partir en dos. Cuando me la sacó, casi me da un ataque. Pensé que era imposible que cupiera. Pero entró. Y cuando entró… no pude pensar en nada más.
Sofía sintió un golpe de calor en el vientre. El coño se le contrajo otra vez. Apretó los muslos bajo la mesa con fuerza. Las bragas ya empezaban a humedecerse. Notó cómo los pezones se le endurecían contra el top blanco.
—Estás loca —susurró con desprecio, aunque la voz le temblaba un poco—. ¿Cómo se te ocurre dejarte tocar por un viejo negro asqueroso como ese? ¿Estás enferma? ¿No te da asco? ¿No te da vergüenza? Eres blanca, eres rica, tienes de todo… y te dejas follar por un mendigo negro viejo y sucio. Qué puta eres, Valeria. Qué asco me das.
Valeria soltó una risa corta, casi cansada, y se pasó la lengua por el labio inferior.
—Me daba asco al principio. Mucho. La primera vez casi vomité cuando me bajó los pantalones y vi esa cosa. Pensé: “Esto no puede entrar en mí. Esto es de animal”. Pero entró. Y cuando entró… no pude pensar en nada más. Ni en el dinero, ni en mi novio, ni en lo que diría mi padre. Solo sentía esa verga negra abriéndome, llenándome, empujándome contra la pared de ese callejón sucio. Y él hablando bajito, con esa voz de viejo inteligente, diciéndome lo puta que estaba siendo, lo bien que me quedaba su polla negra dentro de mi coño blanco y rico. Me dijo que yo era su putita rica. Que mi coño estaba hecho para su Mamba Negra. Y yo… yo le dije que sí. Le dije que sí mientras me corría.
Sofía tragó saliva. Las imágenes se le metieron en la cabeza sin permiso: Valeria, tan limpia y tan cara, con las piernas abiertas contra una pared mugrienta, el culazo blanco contrastando con las manos oscuras y arrugadas del viejo, la verga negra y enorme entrando y saliendo de ella. El sonido húmedo. Los gemidos de Valeria. La voz grave del mendigo. El contraste de pieles.
El coño de Sofía se mojó de golpe. Las bragas se le pegaron a la piel. Notó cómo los pezones se le ponían todavía más duros. Odiaba esa reacción. Odiaba que su cuerpo respondiera así solo de oírlo.
—Cállate —dijo, casi sin voz—. No quiero oír eso. Es asqueroso. Es… es lo más bajo que una mujer puede hacer. Dejarse follar por un mendigo negro viejo. Qué puta eres, Valeria. Qué asco me das. Cómo puedes dejar que un negro viejo y sucio te meta esa cosa. Cómo puedes permitir que te llame puta. Eres una asquerosa.
Valeria la miró con una sonrisa torcida, casi compasiva.
—Sí. Soy una puta. Y lo peor es que voy a volver. Esta noche. Me dijo que me esperaba. Que esta vez me iba a poner de rodillas y me iba a hacer tragar toda la Mamba Negra hasta que me doliera la garganta. Me dijo que me iba a llenar la boca y después el coño. Que me iba a correr dentro. Y yo… yo ya estoy mojada solo de pensarlo. Anoche me corrí tres veces. Tres. Con esa verga negra dentro. Nunca me había corrido así con nadie. Ni con mi novio. Ni con nadie. Solo con él.
Sofía se levantó de golpe. La silla chirrió. Varias personas del café se giraron a mirarla. Ella no les importó.
—Eres asquerosa —le escupió, la voz temblando de rabia y de algo más que no quería nombrar—. Una puta blanca rica que se deja usar por un negro viejo y sucio. No quiero volver a hablar contigo. Nunca más. No quiero ni verte. No quiero que me contamines con esa basura.
Salió del café casi corriendo. El aire de la calle le pegó en la cara. Caminó sin rumbo, el corazón golpeándole las tetazas, el coño latiendo dentro de los jeans. Cada paso hacía que los muslos se rozaran y que la humedad se notara más. Sentía las bragas empapadas. Sentía los pezones duros rozando la tela del top. Odiaba cada una de esas sensaciones.
“Valeria se dejó follar por él”, pensaba, furiosa, mientras caminando. “Valeria, que tiene de todo, que tiene novios guapos y ricos, se dejó abrir las piernas por ese viejo negro asqueroso. Y ahora habla de su verga como si fuera un premio. Como si fuera algo bueno. Qué asco. Qué asco de ella. Qué asco de mí por… por imaginarlo.”
Porque lo estaba imaginando. No podía parar. Veía a Valeria de rodillas, la boca abierta, la cara manchada de saliva y de esa cosa negra y gruesa que le entraba hasta la garganta. Veía al viejo sujetándole el pelo con esas manos arrugadas y sucias, empujando, murmurando cosas sucias con esa voz calmada y inteligente. Veía el culazo de Valeria temblando mientras la follaba contra la pared. Veía el contraste: la piel blanca y perfecta de su amiga contra la piel oscura y vieja del mendigo. Y cada imagen le provocaba un latido más fuerte entre las piernas.
Sofía apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
“No. No voy a desear eso. No voy a desear a ese negro viejo. Yo soy mejor. Yo soy limpia. Yo soy virgen. Yo nunca me arrodillaría delante de un mendigo. Nunca dejaría que esa verga negra me entrara. Nunca. Soy blanca. Soy rica. Mi familia nunca lo permitiría. Yo nunca lo permitiría. Yo no soy como Valeria. Yo no me dejo usar. Yo no me dejo llenar. Yo no me dejo llamar puta por un negro viejo y asqueroso.”
Pero el cuerpo no le hacía caso. Los pezones estaban duros como piedras. El coño goteaba. Cada vez que cerraba los ojos veía la misma escena: ella misma en lugar de Valeria. Ella de rodillas. Ella con la boca abierta. Ella siendo usada por esa Mamba Negra. La idea de esa verga negra y gruesa empujando dentro de su coño virgen. La idea de las manos arrugadas del viejo sujetándole las tetazas. La idea de su voz diciéndole las mismas cosas que le había dicho a Valeria.
Llegó a la mansión temblando. Subió a su habitación, cerró con llave y se apoyó contra la puerta. Se miró en el espejo grande de cuerpo entero. El top blanco estaba pegado a las tetazas por el sudor. Los jeans se le hundían entre las nalgas. Se bajó un poco el top y se miró los pechos. Los pezones estaban oscuros, hinchados, pidiendo que los tocaran. Se tocó uno. Solo un segundo. Un pellizco. El placer le subió por la espalda como una corriente eléctrica.
Se apartó la mano como si se hubiera quemado.
—No —dijo en voz alta, mirándose a los ojos en el reflejo—. No voy a tocarme. No voy a correrme pensando en ese viejo negro asqueroso y en lo que le hizo a Valeria. Yo no soy como ella. Yo no me dejo dominar. Yo no me arrodillo. Yo no me dejo llenar la boca ni el coño por una verga negra de mendigo. Soy mejor. Soy mucho mejor. Soy blanca. Soy rica. Soy virgen. Y voy a seguir siéndolo.
Se sentó en la cama. Se abrazó las rodillas. El coño seguía latiendo. Las imágenes seguían llegando: la verga negra, el culazo de Valeria, la voz del viejo, la idea de que esa misma verga podía estar pensándolo a ella también. La idea de que él la había mirado tantas veces sabiendo lo que le hacía a otras. La idea de que quizás la estaba esperando a ella también.
Sofía se mordió el labio hasta casi hacerse sangre.
“Mañana no salgo. Mañana no paso por esa esquina. Mañana no lo miro. Y nunca, nunca, nunca voy a ser como Valeria. Nunca voy a dejar que un negro viejo y asqueroso me toque. Nunca voy a dejar que esa Mamba Negra me abra. Nunca.”
Pero mientras se lo decía, una parte pequeña, sucia y traicionera de su mente ya estaba preguntándose cómo se sentiría esa Mamba Negra abriéndola por primera vez. Cómo se sentiría esa verga negra y gruesa empujando dentro de su coño virgen. Cómo se sentiría ser usada por él igual que Valeria. Cómo se sentiría cuando él le dijera que era su putita rica.
Y esa pregunta, por más que la odiara, no se iba.
Se quedó así, con el cuerpo caliente, las bragas empapadas, negando con todas sus fuerzas… hasta que el cansancio la venció.

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