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Zoofilia Mujer

Nuestro Doberman se nos unió a la fiesta

Rex se exita del aroma de sexo que desprendía mi esposa y se nos unió a la fiesta .
Relato erótico: La película, el calor y el invitado inesperado
La sala estaba a oscuras, iluminada solo por el resplandor azuloso de la pantalla. Marta y Adrián se habían acomodado en el sofá grande, envueltos en una manta ligera aunque el aire acondicionado apenas soplaba. La película que habían elegido no dejaba lugar a dudas: cuerpos sudorosos, gemidos realistas, primeros planos de bocas que chupaban, lenguas que recorrían pliegues hinchados, penes que se hundían hasta el fondo. No era porno barato; tenía cierta producción, buena iluminación y actores que se entregaban de verdad.
Marta sintió el calor subirle por el cuello desde los primeros minutos. Llevaba solo un camisón corto de seda negra que le llegaba a media muslo y nada debajo. Adrián, en boxer y camiseta, ya tenía la mano apoyada en su rodilla. Cuando la actriz de la pantalla abrió las piernas y el actor le recorrió el coño con la lengua de forma lenta y ruidosa, Marta soltó un suspiro bajo. Adrián se giró hacia ella.
—¿Te gusta? —susurró contra su oreja, rozándole el lóbulo con los labios.
Ella asintió y abrió un poco más las piernas. La mano de Adrián subió por el interior de su muslo, acariciando la piel suave hasta encontrar el calor húmedo entre sus labios. Estaba ya resbaladiza. Dos dedos se deslizaron entre ellos, separándolos, rozando el clítoris hinchado. Marta arqueó la espalda y soltó un gemido más audible. En la pantalla, el actor se estaba metiendo hasta las pelotas dentro de la actriz, que gritaba de placer.
Adrián se inclinó y la besó. Fue un beso profundo, de lenguas que se enredaban, de saliva compartida. Mientras la besaba, le metió un dedo entero, luego dos, moviéndolos con ritmo lento, sacándolos untados de jugos y volviendo a empujar. Marta se agarró a su cuello y empezó a mover las caderas contra su mano. El camisón se le subió hasta la cintura. Adrián bajó la cabeza, le mordisqueó un pezón a través de la seda y luego se lo sacó para chuparlo con fuerza. El otro pecho lo masajeaba con la mano libre.
Se desnudaron sin prisa, pero sin pausa. Él le quitó el camisón por encima de la cabeza. Ella le bajó el boxer y su polla ya estaba dura, gruesa, con la cabeza brillante de líquido preseminal. Marta se arrodilló un momento en el sofá y se la metió en la boca, saboreando la sal, chupando con ganas mientras miraba de reojo la pantalla donde ahora la actriz hacía una mamada ruidosa. Adrián le sujetó el pelo y empujó un poco más profundo, gimiendo.
Cuando ella se incorporó, él la tumbó de espaldas en el sofá, le abrió las piernas de par en par y se puso entre ellas. Primero le lamió el coño con largas pasadas de lengua, de abajo arriba, deteniéndose en el clítoris para succionarlo. Marta se retorcía, agarrando los cojines, empujando su pelvis contra la boca de él. Estaba empapada; los jugos le resbalaban hacia el ano. Adrián se colocó encima, alineó su polla y entró de un solo empujón lento y profundo. Ambos gimieron al unísono.
Empezaron a follar con ritmo constante. Él se hundía hasta el fondo, rozándole el punto más sensible en cada embestida. Ella le clavaba las uñas en la espalda y le pedía más fuerte. El sofá crujía. Los gemidos de la película se mezclaban con los de ellos. El aroma de sexo —ese olor espeso, salado, animal— llenaba el aire.
Ninguno de los dos prestó atención al doberman que había entrado silenciosamente desde el pasillo. Rex, un macho grande, musculoso, de pelaje negro brillante y ojos atentos, se había acercado olfateando. El olor de Marta en celo lo había llamado como un imán. Se quedó a unos metros, olfateando el aire, con la polla ya empezando a asomar de su vaina, roja y puntiaguda.
Marta estaba a cuatro patas ahora. Adrián la había puesto así para penetrarla más profundo desde atrás. Él le agarraba las caderas y embestía con fuerza, el sonido de piel contra piel llenando la sala. Ella tenía la cara apoyada en el sofá, el culo en alto, el coño abierto y chorreante. Fue entonces cuando sintió algo húmedo y caliente que no era la mano ni la boca de Adrián.
Una lengua ancha, áspera, larga, le recorrió de un solo lenguetazo todo el coño, desde el clítoris hasta el ano, recogiendo sus jugos y los de Adrián. Marta dio un respingo violento y soltó un grito ahogado de sorpresa y placer.
—¡Joder…! ¿Qué…?
Adrián miró hacia atrás y vio a Rex, con la lengua fuera, lamiendo de nuevo. El perro se había acercado por detrás de ella y estaba saboreándola con evidente excitación. Su polla ya colgaba casi completamente fuera, roja, hinchada, goteando.
—Rex, no… —dijo Adrián, pero su voz no sonó muy convencida. Seguía dentro de Marta, sin salir.
Marta respiraba agitada. El lenguetazo la había hecho estremecerse de pies a cabeza. La textura de la lengua del perro era completamente distinta: más ancha, más áspera, más insistente. Antes de que pudieran reaccionar del todo, Rex volvió a lamer. Esta vez con más ganas, empujando el hocico entre las piernas de ella, lamiendo alrededor de la polla de Adrián que aún la penetraba, recogiendo todo el sabor.
—Hostia… —susurró Marta, y en lugar de cerrar las piernas, las abrió un poco más.
Adrián se corrió un poco hacia un lado, todavía dentro, permitiendo que el perro tuviera mejor acceso. Rex lamió con avidez. Su lengua se metía entre los labios hinchados de Marta, empujaba contra su clítoris, bajaba hasta el punto donde la polla de Adrián entraba y salía. Cada vez que el perro lamió, Marta se sacudía y apretaba alrededor de Adrián.
—Sigue… no lo apartes todavía —dijo ella con voz ronca.
Adrián embistió despacio mientras el perro seguía lamiendo. Era una sensación absurda y extremadamente excitante: la polla de su novio dentro y esa lengua animal limándole el coño al mismo tiempo. El aroma de Marta, cada vez más fuerte, tenía a Rex completamente loco. El perro se movía inquieto, intentando subir.
Adrián se retiró un momento. Su polla salió brillante de jugos. Marta se quedó a cuatro patas, temblando, el coño abierto y palpitante. Rex no esperó. Se montó sobre ella con la torpeza y la fuerza de un animal en celo. Las patas delanteras se le apoyaron en la espalda de Marta. Ella sintió el peso, el calor del cuerpo del perro, el pelaje contra su piel sudada. Y entonces la polla del doberman, dura, puntiaguda, caliente, buscó a ciegas.
Adrián la guió un poco con la mano. La cabeza roja se enganchó en la entrada resbaladiza de Marta y, con un empujón del perro, se hundió de golpe. Marta gritó. No de dolor, sino de la sensación intensa y extraña: más delgada que la de Adrián, pero con una forma que se clavaba de manera diferente, y sobre todo con ese movimiento rápido, casi frenéticos, típico de los perros.
Rex empezó a embestir. Corto, rápido, profundo. El nudo de la base aún no había entrado del todo, pero cada embestida empujaba más. Marta se aferró al sofá. Adrián se colocó delante de ella, le levantó la cara y le metió la polla en la boca. Ahora sí era un trío. Ella chupaba a Adrián mientras el perro la follaba por detrás con ritmo animal, jadeando, soltando pequeños gruñidos de placer.
El olor a sexo era sofocante. El sonido de la polla del perro entrando y saliendo del coño empapado de Marta se mezclaba con los chasquidos de su boca alrededor de la polla de Adrián. Cada vez que Rex empujaba, Marta gemía alrededor del pene de su novio. Adrián le agarraba el pelo y le follaba la boca con más fuerza.
El nudo del perro empezó a hincharse. Marta lo sintió crecer dentro de ella, estirándola, trabándose. Rex embistió con más fuerza, casi desesperado, hasta que el nudo se hinchó por completo y quedó enganchado. Entonces el perro se quedó quieto un segundo y empezó a eyacular. Marta lo sintió: chorros calientes, abundantes, llenándola por dentro. El nudo latía, bombeando semen profundamente en su útero. Ella se corrió en ese mismo momento, contrayéndose alrededor del nudo hinchado, gimiendo con la boca llena de la polla de Adrián.
Adrián no aguantó más. Se corrió en la garganta de Marta mientras ella aún temblaba por el orgasmo y por las descargas internas del perro. Tragó lo que pudo; parte del semen le resbaló por la comisura de los labios.
Rex siguió unido a ella durante varios minutos, el nudo todavía hinchado, soltando los últimos chorros. Cuando finalmente se deshinchó y se bajó, un hilo espeso de semen blanco y viscoso le resbaló por el muslo interno a Marta y cayó al sofá. Ella se quedó temblando, el coño abierto, rojo, goteando la mezcla de los dos.
Adrián la ayudó a tumbarse. Le separó las piernas y miró el desastre brillante entre ellas. Luego se inclinó y le lamió un poco, saboreando el sabor salado y animal. Marta soltó un gemido ronco.
Rex se había echado cerca, todavía con la polla medio fuera, olfateando el aire cargado de sexo. La película seguía sonando de fondo, pero ya nadie prestaba atención a la pantalla. El calor de la sala, el olor, los cuerpos sudados y el semen que aún resbalaba del coño de Marta eran mucho más reales.
Nadie dijo nada durante un rato. Solo respiraciones agitadas y el sonido lejano de la película. Luego Marta extendió una mano y acarició la cabeza del doberman, que lamió sus dedos. Adrián se colocó detrás de ella otra vez, le separó las nalgas y volvió a entrar en su coño resbaladizo, empujando el semen del perro más adentro mientras empezaba a follarla de nuevo, lento y profundo.
La noche apenas empezaba.

5 Lecturas/5 agosto, 2026/0 Comentarios/por Premium
Etiquetas: culo, follar, mamada, novio, orgasmo, polla, semen, sexo
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