La lluvia y el deseo
La ciudad dormía bajo un diluvio repentino de verano. Ana corría por las calles vacías, con el vestido ligero completamente empapado pegándose a sus curvas como una segunda piel. Buscaba refugio cuando encontró un viejo portal de piedra, apenas iluminado por la luz tenue de una farola. No estaba sol.
La tormenta cayó de repente esa noche de verano. Ana corría bajo la lluvia cuando se refugió en el portal de un edificio antiguo del centro. Tenía el vestido pegado al cuerpo, el pelo mojado cayéndole sobre los hombros y los pezones marcados contra la tela fina.
No estaba sola.
En la penumbra del portal había un hombre alto, apoyado contra la pared, observándola. Sus ojos oscuros recorrieron lentamente su figura empapada. No dijo nada al principio. Solo la miró con esa intensidad que hace que el estómago se contraiga.
—Parece que no vas a poder irte pronto —dijo él con voz grave y baja.
Ana sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Se acercó un poco más, fingiendo que solo buscaba refugio. El aire entre ellos se volvió pesado.
—No tengo prisa —respondió ella, mirándolo directamente.
Él dio un paso adelante. Sin pedir permiso, levantó una mano y apartó un mechón mojado de su cara. Sus dedos rozaron la piel caliente de su mejilla y bajaron lentamente por su cuello. Ana entreabrió los labios.
El primer beso fue hambriento. Lenguas que se buscaban con urgencia, manos que se aferraban. Él la empujó suavemente contra la pared mientras la lluvia seguía cayendo fuera. Sus dedos bajaron por el escote del vestido, liberando uno de sus pechos. Lo tomó con la boca, succionando con fuerza el pezón endurecido mientras ella ahogaba un gemido.
Ana deslizó la mano por su pantalón y sintió cómo estaba de duro. Lo acarició por encima de la tela, apretando, disfrutando del gruñido que él soltó contra su piel.
—Quiero follarte aquí mismo —susurró él contra su oído, mordiéndole el lóbulo.
Ella solo asintió, excitada más allá de cualquier vergüenza.
Él le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas empapadas de un tirón y la levantó contra la pared. Ana rodeó su cintura con las piernas. Sintió la cabeza gruesa de su polla frotándose contra su coño resbaladizo antes de que él entrara de una sola embestida profunda.
El gemido de ella se perdió entre el ruido de la lluvia.
Empezó a follarla con fuerza, profundo, golpeando contra ella con un ritmo que la hacía temblar. Cada embestida la llenaba por completo. Sus manos apretaban sus nalgas, separándolas mientras la penetraba sin piedad. Ana clavaba las uñas en su espalda, mordiéndole el cuello para no gritar.
—Más duro… —suplicó entre jadeos.
Él obedeció. La follaba como si llevara semanas deseándola. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas. Ana sintió cómo el orgasmo crecía rápido, imparable. Cuando llegó, apretó los muslos alrededor de él y se corrió con fuerza, temblando y contrayéndose alrededor de su polla.
Él no aguantó mucho más. Con un gruñido ronco, se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándola con chorros calientes y espesos.
Se quedaron así un momento, jadeando, todavía unidos, mientras la lluvia seguía cayendo fuera del portal.
Él besó su cuello suavemente y susurró:
—Mi piso está en el quinto piso… si quieres continuar donde no nos interrumpa la tormenta.
Ana sonrió, todavía sintiendo cómo él latía dentro de ella.
—Llévame.



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