¿Te ayudo a desestresarte, papi? Parte 2
— ¿Quieres desestresarme, papi? —le pregunté con la voz ronca—. Pues, masajeame ahí abajo. Sonrió pero nervioso, así que le tomé sus manitas y se las coloqué en las esquinas de mi bóxer..
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Los días siguientes al baño, fueron similares. Buscaba cualquier excusa pendeja para bañar a mi niño. Cada día me hacía más descarado cuando lo enjabonaba. No solo le jugaba sus nalguitas, también iba poquito a poquito metiéndole los deditos.
— ¿Por qué me metes tu dedo, papi? Me hace cosquillas. —me decía mi niño volteando a ver su culito con mi mano ensartada—.
— Para bañarte bien, ahí luego queda sucio.
No ponía más peros y dejaba que yo siguiera. Después de mandarlo a cambiarse, yo me quedaba en el baño, me sentaba en el inodoro y comenzaba a masturbarme recordando su enorme culo, como su anito apretaba mis dedos y lo suave de su tacto.
Pero necesitaba más, aunque tarde en atreverme por miedo y culpa, al final planeé todo.
Un día salí temprano y le avisé a mi mujer que pasaría por el niño, que lo llevaría a hacer despensa para que ella descansara. Por primera vez, no se quejó de algo que proponía y me dijo que tardara lo que quisiera.
Lo recogí de la primaria y él muy feliz de verme, pues siempre lo hacía su mamá. Nos fuimos de compras y después pasé a visitar a mi mamá, donde almorzamos y tardamos un buen.
Cuando regresé a mi casa, mi mujer ya se había quitado y la casa era toda mía.
Cerré las ventanas muy bien y me aventé al sofá. Mi pequeño tenía sueño, pero al verme sentado, corrió y pronunció:
— ¿Te ayudo a desestresarte, papi?
– Sí, mi vida. Que desde la mañana no he parado.
Me quitó las botas y calcetines como de costumbre. Se subió a mis piernas y yo lo acomodé justo en mi verga semierecta. Poco a poco iba creciendo aplastada por el culote de mi niño. Mientras me iba desabotonando la camisa, yo lo besaba en los cachetes. Él se reía y me empujaba porque no lo dejaba terminar.
Ya solo con mi pantalón de vestir, se empezó a bajar y cuando se iba a mi espalda para darme masajes como siempre, lo detuve del bracito.
— También este, papi. —le dije extendiendo mis brazos por el sofá y apuntando con mi cabeza a mi pantalón—.
Mi verga se notaba de lado, aplastada por mi pantalón de vestir ajustado.
Aarón sonriendo creyendo que era algo inocente, comenzó a bajarme el cierre, yo ya había ayudado quitando mi cinturón.
Sentir sus manos tan cerca de mi verga, fue un catalizador para saber que ya no había vuelta atrás.
Levanté mi cuerpo para que mi niño pudiera bajar mi pantalón y cuando alzó su cabeza, vio en mi bóxer mi verga erecta, aún de lado, pero luchando contra la tela al intentar pararse. Vi los ojos de mi niño directo en mi erección, llenos de curiosidad. Dice la gente que ellos no ven nada sexual porque son niños, pero esa mirada era de deseo.
Tragando montones de saliva, movía intencionalmente mi verga, haciendo que a Aarón le brillen los ojos. Cuando volteó y se dió cuenta que lo estaba mirando, intentó fingir que no veía mi erección.
— ¿Quieres desestresarme, papi? —le pregunté con la voz ronca—. Pues, masajeame ahí abajo.
Sonrió pero nervioso, así que le tomé sus manitas y se las coloqué en las esquinas de mi bóxer. Él tiró con mi ayuda, descubriendo por primera vez mi verga ya toda babeada. No soy tan grande, me mide 17cm, es clara como mi piel, con la cabeza rosita y un grosor poquito pasado de la media, eso sí, cargo unos pedazos de huevos. La base media peluda también.
Mi pecho subía y bajaba rápidamente y Aarón sonreía mientras veía de todos ángulos mi verga.
— Está muy grande, papi. ¿Es porque ya eres grande? —preguntó con los ojos bien abiertos.
— Sí, mi amor. ¿Me masajeas? Para desestresar a papi.
Asintió con una sonrisa llena de inocencia.
— Pero, ¿cómo lo masajeo? No sé cómo.
— Así, mira.
Tomé sus dos manitas e hice que las ponga en mi tronco. Él subió sus manitas más hacia el glande y comenzó a subir y bajarlas como le estaba mostrando.
Casi me corro en ese mismo instante. Suspiré agresivamente y eché mi cara para atrás.
— ¿Te lastimé, papi? —preguntó mi niño asustado y soltando mi verga—.
— No, papi. —volví a colocar sus manitas en mi tronco—. Es que se siente muy, muy rico y me estás desestresando bien.
Cambió su rostro a una sonrisa con dientes orgullosa y siguió masturbando.
Le solté las manitas para que el siguiera. Se puso a explorar, apretando mi glande, sobando mis huevos y estirando con su manita las gotas de precum que me escurrían.
— ¿Qué es eso, papi? —dijo viendo una gota en su dedito—.
— Es lo que sacan los hombres cuando los masajean así de rico. Pruébalo.
Se negó al principio, pero cuando le insistí, como niño comiendo verduras, lo probó con la puntita de su lengua.
— No sabe a nada. —dijo riendo—.
Lo tomé de los costados y quitando mi ropa del sofa, lo senté. Él me miraba esperando con curiosidad y una sonrisa.
– Toca que yo te masajee. —le dije.
Le quité su polo de la escuela y comencé a masajear sus hombros, bajando a sus tetitas mientras él reía como si fuera un juego. Su piel estaba muy suave y yo estaba caliente. Casi sentía fiebre en mi cuerpo.
Le sobé su pancita de niño y me moví hasta agacharme frente a él. Le desabroché su short del uniforme y se lo quité, dejándolo en una trusita de spiderman.
Le acaricié los muslos, porque niño nalgón también es niño piernón. Mi verga seguía dándose espasmos, toda parada al cielo y babeando. Volteaba a ver su carita y los ojos de mi niño solo estaban en mi verga.
Le quité finalmente su trusita, con su verguita durita, pequeña como un dedo.
La comencé a masturbar, bajándole el prepucio, apretando su huevitos y me lo metí a la boca.
Aarón me quedo viendo sorprendido, yo seguí chupando viéndolo directamente a los ojos. Cuando le solté su pitito, me dijo:
— ¿Qué haces, papi?
— Te la estaba chupando, ¿por qué? ¿No se siente rico?
— No, sí se siente.
– ¿Me lo haces tú a mí?
Cuando dijo: «No sé cómo» me brillaron los ojos, lo acosté y de costado, le metí la verga a su boquita. Al principio solo la dejaba abierta para que le penetre la boquita. Pero luego él solito comenzó a chupar suavemente cerrando su boquita en torno a mi glande.
No era un gran mamador, pero lo rico era sentir su boquita mojada y calientita en torno a mi glande. Estuvimos un buen rato con él mamando, cuando empezó a usar más la lengua haciendo que comience a bufar.
Me senté a su lado y él se recostó en mi abdomen y buscó mi verga con su manita para volver a metérsela en la boca.
Yo gemía, lo acariciaba de la cabeza y le decía lo mucho que lo amaba.
Sentí que mi verga se iba hinchando y no pude ni resistir cuando me corrí en su boquita. Un poco se derramó en el mueble, pero él se levantó viéndome confundido y con la boca semi abierta llena de mi leche.
Yo me reí por la cara que traía de miedo, porque no sabía qué era. Le dije que lo trague, cuando lo hizo saboreó el líquido poniendo cara de insatisfacción y solo nos reímos.
Nunca me sentí mal ni culpable, solo tomé aire, cargué a mi niño y nos metimos a bañar.

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