El Despertar de mi Hija
No pude aguantar más… ver su piel rosada y su pequeña vagina me rompió por completo. Fue el deseo más puro y salvaje que he sentido; una masturbación que terminó en un encuentro que nunca imaginé con mi propia sangre..
Perdi a mi esposa hace 8 años al nacer mi hija. Me encerre en el trabajo y en darlo todo por mantener lo unico que me quedo de mi amada esposa, mi hija.
Siempre me he sentido solo de lo que se perdió, pero esa tarde la atmósfera cambió; mi hija salio del baño. No hubo el gesto tímido siempre lo hace, me tiene confianza, me baño con ella, la ayudo a cambiarse olvido su toalla, asi que salio desnuda sin preocupaciones.
Pero esta vez fue diferente, mis ojos vieron su piel. Era una superficie de seda impecable. No había rastros de vello que interrumpieran la continuidad de sus muslos suaves, ni de su vientre liso y pálido. Sus pechos eran pequeños, apenas dos colinas de suavidad incipiente pero que ardían ante mi mirada, coronados por pezones rosados y sensibles. Entre sus piernas, una conchita se revelaba con una pureza clínica: los labios vaginales, de un rosa pálido y delicado, se mantenían cerrados pero expuestos, una flor que solo había conocido la sombra y el cuidado, lista para ser descubierta. Su rostro conservaba esa inocencia de quien ha crecido en un santuario, sin miedos, sin la culpa que el mundo le impondría a esa desnudez.
Para mi, la visión fue un golpe de realidad que me arrancó el aliento. El deseo, acumulado durante años de soledad y de una castidad sin mi esposa a mi lado, se concentro con violencia en mi entrepierna. Fue una erección instantánea y brutal; senti la piel de mi miembro tensarse hasta el límite, una presión pulsante que exigía ser liberada. Era un peso caliente y rígido que amenazaba con romper la calma de mi autocontrol, una lanza de carne que vibraba con cada latido de mi corazón acelerado, exigiendo contacto contra la suavidad que mis ojos apenas se atrevían a procesar.
No aguanté más la visión. Mi mente se nubló por el deseo y solo pude pensar que estaba empapada y que el suelo se llenaría de agua. La cargué sin pensarlo, sintiendo la suavidad extrema de sus muslos contra mis brazos. Ella, en su inocencia y confianza absoluta, cerró las piernas alrededor de mi cintura; su conchita quedó posicionada justo a la altura de mi ombligo, sintiendo el calor que emanaba de mi cuerpo mientras yo avanzaba hacia su habitación.
—Papá, estoy mojada… —susurró ella, sin rastro de miedo, solo con una curiosidad vibrante.
—Te secaré, nena —le respondí, con la voz ronca por la erección que golpeaba contra mis shorts.
La deposité sobre la cama y tomé la toalla. Pero el ritmo de mis manos cambió casi de inmediato. Lo que empezó como un secado normal se convirtió en una caricia pesada y rítmica. Pasé la tela con más frecuencia sobre su entrepierna, sintiendo el calor que emanaba de ella.
—Nena, levántate un poco… abre las piernas —le ordené, mi mirada fija en su centro.
—¿Así? —preguntó ella, obedeciendo al instante, abriendo sus muslos y exponiendo su vaginita ante mí.
Me acerqué con la toalla, pero ya no era solo tela; mis dedos empezaron a presionar a través de ella, buscando el punto exacto. Busqué su clítoris con la punta de la toalla y con mis dedos, sintiendo el pequeño bulto sensible bajo la tela húmeda. Ella soltó un jadeo corto, un sonido que se perdió en el silencio de la habitación. La acosté por completo y dejé la toalla a un lado. Mis manos ya no tenían más excusas; mis dedos se hundieron en su humedad.
Ya no había palabras, solo el intercambio de miradas: la mía, cargada de un hambre depredadora; la suya, de una fascinación pura por el placer que empezaba a descubrir. Empecé a masturbarla, mis dedos moviéndose con rapidez contra sus labios rosados. El sonido de la fricción y el chapoteo del líquido de su excitación llenaron el espacio; era un sonido húmedo, rítmico, casi musical. Ella empezó a emitir pequeños gemidos ahogados mientras sentía cómo mi tacto la despertaba, mientras el rastro de su propia humedad lubricaba mis dedos y mi contacto con ella.
Me quité los shorts con movimientos torpes, impulsado por una excitación que no sentía desde hacía años. Mi miembro salió disparado, una lanza de carne caliente y palpitante que se sentía pesada y lista para reclamar su lugar. No esperé más; la atraje hacia mí, obligándola a que se acostara sobre mi cuerpo.
La senté sobre mí, permitiendo que su peso y su calor se concentraran en nuestra unión. No hubo entrada inmediata, solo el juego de la fricción. La obligué a moverse, a cabalgar sobre mi pene mientras yo la sujetaba de las caderas. Mis ojos estaban clavados en su centro; era hipnótico ver cómo su pequeña y virgen conchita se movía, subiendo y bajando sobre la punta de mi miembro.
El sonido era rítmico, un chac-chac-chac húmedo y constante producido por la fricción de nuestras pieles y el líquido que ya empapaba ambos cuerpos. Podía ver cómo su vaginita se estiraba, abriéndose paso para acomodarse a la forma de mi pene mientras yo empujaba ligeramente hacia arriba con cada movimiento que ella hacía.
—¿Te gusta, nena? ¿Sientes cómo te llena? —le susurré con la voz quebrada, sintiendo el calor abrasador de su carne contra la mía.
—S-sí… ¡sii! —logró articular ella entre jadeos, con la mirada perdida en el techo y los ojos nublados por una sensación que apenas empezaba a comprender.
Aumenté el ritmo, moviendo mis manos con fuerza para dictar la velocidad, acelerando el compás. El sonido de la humedad se volvió más intenso y rápido, un chapoteo constante que llenaba el silencio del cuarto. Ella comenzó a jadear con más fuerza, su cuerpo se tensó de repente y soltó un gemido largo y agudo cuando alcanzó su primer orgasmo, una descarga de placer que la hizo colapsar sobre mi pecho.
Yo también estaba al límite; el verla así, entregada a ese éxtasis y la falta de práctica tras tantos años de soledad, me empujó al borde. La recosté sobre el colchón para que yo pudiera tomar el control total, preparándome para lo que venía…
Continuará…

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