Valentina y Lucia, primas adictas al sexo. (Parte 2)
El sonido era obsceno, húmedo, el choque de sus pequeños labios vaginales abriéndose, sus clítoris encontrándose una y otra vez, duros, erectos, chocando con fuerza. Lucía movía las caderas como poseída, arriba y abajo, en círculos, sintiendo cada pliegue de su prima, cada centímetro de calor resbal.
Sábado por la mañana. La casa de los abuelos estaba vacía, los viejos habían salido al mercado.
Lucía llegó temprano, con un vestido veraniego ligero, sin ropa interior debajo, aún confundida con la experiencia del día anterior, aún hormigueando por lo que había visto y sentido. Encontró a Valentina en el cuarto de atrás, recostada en la cama, con una camiseta vieja y una pantaleta de algodón blanco, casi transparente.
«¿Qué fue eso?» Fueron las primeras palabras que dijo Lucía, sentándose en el borde de la cama, con las mejillas rojas.
Valentina sonrió. Esa misma sonrisa pícara de la enfermería. Se sentó, cruzó las piernas, dejando ver la humedad oscura en su pantaleta.
«Mmmmm… no se explicarlo con palabras, prima», murmuró Valentina. «Tienes que sentirlo.»
Se acercó a Lucía, tomó su mano, la guió hasta su propio pecho plano, el pezón erecto ya, duro bajo la tela fina.
«¿Me déjame tocarte?», susurró Valentina contra su oído, su aliento caliente. «Déjame enseñarte lo que el profe me enseñó.»
Lucía tragó saliva, el corazón martillando, y asintió.
Valentina tomó el borde del vestido veraniego de Lucía y lo levantó despacio, por encima de su cabeza, dejándola completamente desnuda. No llevaba ropa interior, ni siquiera calcetines. Su cuerpo era un mapa de porcelana: pechos planos con pezones rosados y pequeños, abdomen plano, ombligo redondo, caderas estrechas, y entre sus piernas, esa vagina de niña, cerrada aún, un hilo rosado asomando.
Valentina sintió un cosquilleo eléctrico que partió de su frente y recorrió todo su cuerpo en oleadas.
En su frente, una presión cálida. Sus pezones se pusieron duros de inmediato, erectos, sensibles al aire, pidiendo ser tocados. Su abdomen se contrajo, con un cosquilleo bajando y bajando. Sus caderas se abrieron solas, instintivamente, mientras una corriente de calor explotaba en su cintura, irradiando hacia abajo.
En sus nalgas, un apretón invisible, como manos ajenas amasandola. Entre sus piernas, su vagina se contrajo, pulsó, chorreó de una vez, empapando su pantaleta de algodón. El cosquilleo bajó por sus muslos, sus rodillas, sus pantorrillas, hasta estallar en la planta de sus pies, haciéndola sentir viva, electrificada, excitada como nunca.
Era el cuerpo de su prima. Desnudo. Ofrecido. Y ella iba a saborearlo.
Valentina se arrodilló, separando las piernas de Lucía con las manos. Su prima dudaba, temblaba, las mejillas rojas.
«¿Segura?» Susurró Lucía, con una voz temblando.
Valentina no respondió. Solo sonrió y metió la lengua.
El sabor fue puro, dulce, salado, único. Lucía jadeó, sus manos agarrando las sábanas, su cuerpo arqueándose por primera vez bajo una boca que no era la suya. Valentina chupó los pequeños y vírgenes labios vaginales, los separó con la lengua, encontró el clítoris pequeño, escondido, y lo rodeó en círculos lentos, haciendo que Lucía gritara sin control.
Valentina se separó de la pequeña y rosada vagina de su querida prima, sus labios brillando de humedad. Se levantó despacio, se quitó la camiseta por encima de la cabeza, sus pechos pequeños quedando al descubierto, pezones erectos, duros. Luego bajó la pantaleta empapada, dejándola caer al suelo, su vagina completamente expuesta, rosada, brillante de excitación.
Se subió a la cama, encima de Lucía, y se inclinó para besarla. Sus bocas se encontraron, húmedas, sabor a sexo mezclándose, lengua entrando, chupando, mordiendo los labios.
Luego bajó un poco, alineando sus cuerpos. Pezón con pezón, duro contra duro, sensibles, frotándose. Lucía gimió, sintiendo esa electricidad directa, esa conexión nueva.
Valentina movió su pierna derecha, separando las de Lucía, y se posicionó entre ellas. Lucía hizo lo mismo con su pierna izquierda. Se entrelazaron, pierna contra muslo, y bajaron despacio hasta que sus vaginas se encontraron.
Húmedas, resbaladizas, calientes.
Se apretaron juntas, moviéndose en círculos lentos, clítoris rozando clítoris, labios abriéndose, mezclándose. El sudor brillaba en sus frentes, en sus axilas lampiñas, en sus vientres planos. Estaban mojadas como nunca, chorreando una sobre la otra, haciendo sonidos obscenos de succión cada vez que se separaban un poco y volvían a juntarse.
«Mi prima», susurró Valentina, jadeando, moviendo la cadera más rápido. «Crecimos juntas… nunca imaginé…»
«Ni yo», gimió Lucía, agarrando las nalgas de Valentina, apretándose más contra ella.
Se frotaban con más furia, sintiendo esa barrera rota, ese juego nuevo con la prima que conocía desde que tenían memoria. La misma sangre, el mismo calor, la misma vergüenza compartida ahora convertida en placer extremo.
El cosquilleo en el cuerpo de Lucía se convirtió en algo intenso. Sintió que algo explotaba dentro de ella, algo que nunca había conocido, una presión en su vientre que pedía más, más, más.
Sin pensarlo, sin saber cómo ni por qué, giró a Valentina. La puso abajo, se montó encima, y bajó su vagina hasta encontrar la de su prima. Húmeda contra húmeda, rosada contra rosada.
Y empezó a frotar.
Rápido. Fuerte. Desenfrenada.
*Squitch, squitch, squitch.*
El sonido era obsceno, húmedo, el choque de sus pequeños labios vaginales abriéndose, sus clítoris encontrándose una y otra vez, duros, erectos, chocando con fuerza. Lucía movía las caderas como poseída, arriba y abajo, en círculos, sintiendo cada pliegue de su prima, cada centímetro de calor resbaladizo.
Valentina gritó, agarrándose de las sábanas, arqueándose, «¡sí, sí, más duro, prima, más!»
Lucía aceleró, el sudor cayendo de su frente sobre el vientre de Valentina, sus pezones rozándose con cada movimiento, su respiración mezclándose en jadeos cortos, agudos.
El orgasmo llegó juntas.
Una explosión simultánea, un grito unisonante que resonó en la habitación. Sus vaginas se contrajeron al mismo tiempo, pulsando una contra otra, chorros de humedad mezclándose, empapando sus muslos, el edredón, el aire olor a sexo puro.
Lucía se derrumbó sobre su prima, temblando. Valentina la recibió con los brazos abiertos.
Estaban abrazadas, sudadas, resbaladizas. Se besaron, lento, dulce, una lengua explorando la otra.
Lucía cerro los ojos, movió su mano con delicadeza, tocando el pequeño y lindo ombligo de Valentina, subiendo por los lados de su firme abdomen, sintiendo los respiración agitada bajo sus dedos. Jugó con las gotas de sudor, esparciéndolas, uniéndolas con las suyas propias.
*No quiero que esto nunca acabe*, pensó Lucía, respirando el olor de su prima.
Y afuera, en el pasillo, se escucharon pasos.
Las llaves giraron en la puerta principal. Lucía y Valentina se separaron de un salto, los ojos abiertos, el pánico en sus rostros.
—¡Rápido! —susurró Valentina, buscando su ropa tirada.
Se vistieron frenéticamente, saltando sobre una pierna, metiendo brazos en mangas, ajustándose el camisón. Lucía se limpió el sudor de la frente con el puño, todavía jadeando.
—¿Lista? —preguntó Valentina, ajustándose la camiseta.
—Lista —respondió Lucía, todavía sintiendo el hormigueo entre sus piernas.
Las dos se lanzaron sobre la cama, agarrando almohadas, justo cuando la abuela entraba al pasillo.
—¿Qué hacen, niñas? —preguntó la abuela, sonriente.
—¡Lucha de almohadas, abuela! —gritó Valentina, golpeando a Lucía con suavidad.
Lucía respondió con otro golpe, riendo, fingiendo una pelea infantil mientras su corazón martilleaba por lo que realmente habían estado haciendo.
—Vaya, vaya —rió el abuelo, apareciendo detrás—. Tienen energía de sobra. Vayan a bañarse, almuerzo está casi listo.
—Sí, abuelo —dijeron al unísono, bajando de la cama.
—
En el baño, la puerta cerrada con seguro.
El agua de la regadera corría, llenando la habitación de vapor. Las dos primas estaban desnudas de nuevo, pero ahora el ritmo era diferente. Ya no era el frenesí de antes, sino algo lento, dulce, exploratorio.
Valentina tomó el jabón, lo frotó entre sus manos hasta hacer espuma, y empezó a pasarlas por los hombros de Lucía. Movimientos circulares, suaves, delicados. Luego bajó a su espalda, su cintura, sus nalgas.
Lucía se estremeció con cada roce. Su vagina, sensible aún del orgasmo reciente, palpitaba con solo sentir el aire cálido del baño. Cuando las manos de Valentina se acercaron a sus muslos, sintió que las rodillas le temblaban.
—Aquí —susurró Valentina, acercándose por detrás, su voz contra el oído de Lucía.
Metió una mano entre las piernas de su prima, no para frotar con fuerza, sino para acariciarla con delicadeza. Dos dedos deslizándose entre los labios hinchados, rozando el clítoris con la yema, suave, apenas presionando.
Lucía se apoyó en la pared de azulejos, jadeando, sintiendo cómo el placer volvía a construirse, pero diferente, lento, profundo.
Se giraron para verse frente a frente. El agua caía sobre ellas, limpiando el sudor, el sexo, la evidencia de su pecado. Se besaron, lengua con lengua, sin prisa, saboreándose.
Valentina tocó el ombligo de Lucía, luego subió por su abdomen, por los costados, sintiendo cada temblor, cada contracción de los músculos bajo la piel mojada.
—Me gusta esto —susurró Lucía—. Esto lento. Contigo, es diferente.
—A mí también —respondió Valentina, besando su cuello, su clavícula, bajando hasta mordisquear un pezón erecto.
Lucía gimió, arqueándose, sintiendo cómo su vagina se contraía, deseando ser llenada, pero contenta con estas caricias suaves, estos besos que parecían durar eternidades.
El agua empezó a enfriarse. Afuera, la abuela llamó:
—¿Se han bañado ya, niñas?
—¡Ya vamos, abuela! —respondieron, riéndose, besándose una última vez antes de salir.
—
Lucía llegó a casa de sus padres esa noche, todavía sintiendo el cosquilleo entre sus piernas, el recuerdo de Valentina en su piel. Pero algo cambió cuando cruzó la puerta. Ahora veía todo diferente. Conoció un mundo nuevo.
Su hermano mayor, Mateo, de 22 años, estaba en el sofá viendo la tele. Cuando la vio entrar, sonrió.
—¿Cómo estuvo en casa de la abuela, enana?
—Bien —respondió Lucía, dejando su mochila.
Pero ahora, con sus ojos nuevos, notó algo. Mateo la miró de arriba abajo, una fracción de segundo más de lo normal. Sus ojos se detuvieron en sus piernas, en el vestido veraniego, antes de volver a su rostro.
Nunca había notado eso antes.
—
Las siguientes noches, Lucía se ponía su pijama: una camiseta vieja de Mateo, grande, que le quedaba hasta medio muslo, y nada debajo. Costumbre inocente de años. Bajó a la cocina por agua.
Mateo estaba en el sofá, en el mismo lugar. Cuando ella entró, se cruzó de piernas en la barra de la cocina, abriendo una pierna para subirse al taburete, y vio la mirada de su hermano.
Fija. Directa. Entre sus piernas.
La camiseta se había abierto, y desde su posición en el sofá, Mateo podía ver todo: su vagina lampiña, los labios rosados, el brillo de la humedad por mostrarse a su hermano.
Lucía no cerró las piernas. Se quedó quieta, fingiendo no notar, bebiendo su agua lentamente.
Mateo se movió incómodo, ajustándose los pantalones. Debajo del cojín que tenía en el regazo, Lucía vio el movimiento de su mano. Su hermano se tocaba. Se apretaba a sí mismo a través de la tela, jadeando disimuladamente.
—Buenas noches, enana —dijo Mateo, la voz ronca, y se levantó rápido, casi corriendo hacia el baño.
Lucía escuchó el seguro cerrarse. Y luego, el sonido ahogado de su mano moviéndose rápido, el gemido contenido que soltó al final, el chorro cayendo en la taza de inodoro o en su propia mano.
—
Días después, Lucía empezó a experimentar.
Usaba camisas de tirantes delgados, casi transparentes, los pezones erectos marcándose contra la tela delgada. Pasaba frente a Mateo, agachándose a recoger cosas que «se le caían», dejándole ver su por su escote, sus pezones expuestos.
Mateo siempre reaccionaba igual: se ponía rojo, cruzaba las piernas, se excusaba rápido para ir al baño. O a veces, cuando pensaba que ella no miraba, se desabrochaba los pantalones bajo la mesa del comedor y se masturbaba despacio, mirando su trasero, sus piernas, mientras fingía ver su teléfono.
Lucía lo sabía todo ahora. Y quería más.
—
La tormenta estalló el sábado por la noche. Truenos que sacudían las ventanas, relámpagos iluminando el cielo negro, lluvia cayendo a cántaros.
Lucía esperó hasta que la casa estuvo en silencio. Sus padres dormían en su habitación del primer piso. Mateo estaba en su cuarto, en el segundo piso, tratando de conciliar el sueño entre los truenos.
Ella se puso la camisa. Era vieja, de algodón delgado, que ahora le quedaba ridículamente corta. apenas cubría la mitad de sus nalgas. Cuando caminaba, el pliegue de sus glúteos se marcaba perfectamente, dos montes redondos, firmes, moviéndose con cada paso, la silueta de su cuerpo expuesta.
No llevaba ropa interior como de costumbre.
Subió las escaleras descalza, el corazón martillando. Llamó a la puerta de Mateo con los nudillos.
—¿Sí? —respondió Mateo, la voz adormecida.
—Tengo miedo a los truenos —dijo Lucía, abriendo la puerta—. ¿Puedo dormir contigo?
Mateo se sentó en la cama, frotándose los ojos. Cuando vio a su hermana parada en la puerta, con esa camisa que apenas cubría nada, con las piernas desnudas, con la forma de sus nalgas visible bajo la tela, se quedó sin palabras.
—Claro —tartamudeó, moviéndose para hacerle espacio—. Ven.
Lucía caminó hasta la cama, sintiendo la mirada de su hermano clavada en su trasero, viendo cómo la tela se subía un centímetro más con cada paso, dejando ver el inicio de sus nalgas, la curva perfecta.
Se metió bajo las sábanas, pegándose a Mateo, buscando su calor.
—Gracias, hermano —susurró, su boca cerca de su cuello—. Siempre me cuidas.
Un trueno estalló cerca. Lucía se pegó más, fingiendo miedo, y sintió contra su muslo lo que ya esperaba: la erección dura, grande, palpitante de Mateo, presionando contra ella a través de su boxer.
Mateo se tensó, avergonzado, tratando de alejarse.
—Lo siento, yo… —balbuceó.
Lucía no lo dejó. Se pegó más, apretando su muslo contra esa dureza, mirándolo a los ojos.
—¿De qué tienes miedo? —preguntó ella, inocente, pero la sonrisa era la misma que le había enseñado Valentina—. Soy tu hermanita.
Mateo tragó saliva, sudando, viendo cómo la camisa de Lucía se había subido completamente al sentarse, dejando sus nalgas al descubierto, su vagina expuesta, brillante, a centímetros de su mano.
Lucía se metió bajo las sábanas, dándole la espalda a Mateo, acurrucándose en posición fetal. Cerró los ojos, respirando lento, profundo, fingiendo que el sueño la vencía en minutos.
Mateo se quedó quieto, escuchando su respiración. Diez minutos. Veinte. Afuera, la tormenta rugía.
Cuando creyó que estaba dormida, Mateo se movió. Lucía escuchó el roce de la tela, el sonido húmedo de su mano sobre su pene, el jadeo contenido que intentaba silenciar. Estaba masturbándose, a centímetros de ella, imaginándola desnuda, deseándola.
Un trueno estalló justo encima de la casa. Lucía se movió, «dormida», dándose la vuelta, pegándose a su hermano. Su muslo rozó su pene, duro, caliente, la punta húmeda dejando una marca pegajosa en su piel.
Mateo se tensó, dejó de mover la mano.
—Lucía? —susurró—. ¿Estás despierta?
Ella no respondió. Mantuvo la respiración lenta, los ojos cerrados.
Mateo esperó. Un minuto. Dos. Su mano temblorosa se levantó. Tocó el abdomen plano de Lucía, despacio, los dedos temblando sobre su piel calida, suave. Subió, acarició sus pechos pequeños, los pezones erectos, bajó de nuevo, su ombligo, sus caderas.
Su mano llegó a sus pequeñas nalgas. Las apretó suavemente, sintiendo la redondez, la firmeza, la piel de bebé. Bajó por el pliegue, entre sus muslos, y llegó al comienzo de su vagina.
—Lucía? —susurró otra vez—. ¿Lucía?
Nada. Solo respiración profunda.
Su mano bajó más. Palma abierta, completamente, sobre su vagina. Estaba húmeda. Muy húmeda. Caliente, resbaladiza, los labios hinchados pulsando contra su mano.
Mateo frunció el ceño, confundido, excitado. *¿Realmente está dormida? ¿Por qué está tan húmeda?*
Pero luego sonrió en la oscuridad, recordando. Las últimas semanas habían sido un festival de señales que él, por el respeto y amor a su hermanita, había ignorado. Lucía sin ropa interior frente a él, abriendo las piernas «sin querer», las camisetas de tirantes, los pezones erectos marcados, ahora entendía que eran invitaciones. Ella no era la niña inocente. Que conocía de antes
*Me está dando permiso*, pensó, sintiendo su pene palpitar contra el muslo de ella. *Todas esas veces que corría al baño, ella lo sabía. Me estaba enseñando, esperando a que yo entendiera.
Y ahora, aquí, con su vagina mojada contra mi mano… quiere que disfrute de ella.*
La culpa se disipó, reemplazada por una excitación posesiva. Ella era su hermanita, sí, pero también era esa chica que se ofrecía en la oscuridad, húmeda, temblando, fingiendo dormir para que él no tuviera que pedir permiso con palabras.
Comenzó a frotar, movimientos circulares, suaves, presionando el pequeño clítoris contra su pubis. Lucía contuvo el aliento, manteniendo la fachada, pero su respiración se agitó, se volvió entrecortada.
*Sí, hermanita*, pensó Mateo, acelerando, sintiendo la humedad crecer, escuchando los sonidos húmedos de su mano contra su sexo. *Déjame. Confía en mí. Voy a hacerte sentir todo lo que imaginé esas noches en el baño.*
Lucía no pudo contenerse más. Un gemido ahogado escapó de su garganta.
*Te tengo*, pensó Mateo, sonriendo en la oscuridad.
Siguió masturbándola, más rápido, más fuerte, hasta que ella se contrajo, un espasmo silencioso, su vagina pulsando contra su palma, chorros de humedad empapando su mano.
Luego, silencio. Ambos fingieron dormirse, respirando agitados, separados apenas por centímetros de culpa ya transformada en complicidad.
La mañana llegó gris. Mateo despertó primero, mirando a su hermanita, que dormía de espaldas, la camisa subida, sus nalgas redondas expuestas. Sabía que ella sabía.
Lucía abrió los ojos, fingiendo sorpresa, nerviosismo. Se sentó, se acercó a Mateo, y lo besó en la mejilla. Pero el beso fue largo, demasiado largo, sus labios rozando la comisura de su boca, casi tocándola, un segundo, dos, tres, el aliento entre ellos mezclados.
—Buenos días, hermano —murmuró contra su piel, y se levantó.
Caminó hasta la puerta, la camisa subiendo con cada paso, dejando ver la mitad de sus nalgas, blancas, redondas, perfectas. Justo antes de salir, se agachó, de espaldas a él, a recoger una horquilla del piso que «se le había caído».
Mateo vio todo. Su trasero completamente expuesto, el pequeño ano arrugado y rosado entre sus nalgas, y su vagina, aún hinchada, aún húmeda del orgasmo de la noche, brillando, abierta, ofrecida.
Lucía se levantó, se giró, y sonrió.
—Nos vemos mañana, ¿sí? —dijo, y guiñó un ojo—. Para seguir… descansando juntos.
Salió corriendo, la risa ahogada flotando en el aire, dejando a Mateo duro, sonriente, y ansioso.
**Continuará…**

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