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Incestos en Familia, Lesbiana, Masturbacion Femenina

El Descubrimiento de Eva y Alma

Las dos hermanas gemelas se tocaron frente a frente, sus manos trabajando en sincronía, sus respiraciones entrelazándose. Eva usó su mano libre para agarrar la de Alma….
La habitación de las gemelas del apartamento compacto olían a incienso barato y a las rosas marchitas que su madre ponía en cada rincón.

Eva y Alma González acababan de cumplir 13 años, pero ni siquiera sabían cómo se hacían los bebés. No era broma. Veían a las hermanas de la congregación embarazadas y simplemente asumían que Dios ponía los bebés en las mujeres casadas, como había hecho con María.

Su madre, una mujer de oraciones constantes y mirada siempre baja, les había enseñado que su cuerpo era un templo que no debía tocarse. «Las manos arriba de las sábanas, siempre,» decía cada noche antes de apagar la luz. Pero nunca explicó por qué.

Esa noche de octubre, mientras su madre asistía a una reunión de ancianos y su padre trabajaba el turno nocturno en el almacén, las gemelas estaban solas por primera vez en años.


Eva se sentó en el borde de la cama de su hermana, el camisón blanco subiéndose hasta los muslos. Alma estaba recostada contra la cabecera, con la Biblia de su padre abierta en el regazo, aunque no estaba leyendo.

—Alma —susurró Eva, y su voz temblaba de una manera nueva—. Anoche… pasó algo raro.

Alma cerró el libro de golpe, sus ojos oscuros —idénticos a los de Eva— se abrieron con curiosidad nerviosa.

—¿Qué pasó? ¿Estás enferma?

Eva negó con la cabeza, sus mejillas sonrojándose. Se subió a la cama, sentándose frente a su hermana gemela, sus rodillas tocándose bajo la tela fina de los camisones.

—Estaba en la ducha —comenzó Eva, su voz apenas un hilo de sonido—. Y… me estaba lavando. Y toqué… ahí abajo. Y sentí algo raro. Como electricidad. Y luego… —tragó saliva—. Luego salió algo de mí. No orina. Era diferente. Pegajoso. Y mi corazón latía tan fuerte que pensé que me moría.

Alma dejó escapar un suspiro tembloroso, no de asco, sino de algo que no entendía.

—Eva… —susurró Alma, acercándose más—. Una vez, escuché a la hermana Morales hablando con mamá. Dijo que las niñas impuras se tocan y que Satanás entra en ellas.

—Pero no me sentí poseída —Eva frunció el ceño—. Me sentí… bien. Caliente. Como cuando tomas chocolate caliente en invierno, pero por todo el cuerpo.

Alma se mordió el labio inferior, sus ojos bajando al regazo de Eva, donde el camisón se había subido más, revelando sus muslos desnudos. Eran idénticas en cada centímetro: el mismo vello oscuro en los brazos, las mismas pecas en los hombros, los mismos pechos pequeños y puntiagudos que apenas asomaban bajo el algodón.

—Muéstrame —susurró Alma, y la palabra sonó como un pecado en sus labios.

Eva dudó, mirando hacia la puerta cerrada. Luego, con dedos temblorosos, levantó su camisón hasta la cintura. No llevaba ropa interior. Nunca habían usado bragas para dormir; su madre decía que la piel necesitaba «respirar para mantenerse pura.»

Alma miró el montículo oscuro entre las piernas de su hermana, la hendidura que ella misma tenía espejada en su propio cuerpo.

—¿Dónde exactamente? —preguntó Alma, su voz ronca.

—Aquí —Eva extendió su mano, sus dedos encontrando el capullo oculto entre sus pliegues—. Hay un botón. Lo sientes en ti también. Arriba, donde se juntan los labios.

Alma se recostó contra la almohada y, imitando a su hermana, subió su propio camisón. Por primera vez en su vida, ambas estaban desnudas de cintura para abajo, frente a frente, gemelas idénticas en su desnudez recién descubierta.

—¿Así? —Alma tocó su propia carne, y un jadeo escapó de sus labios.

Eva se arrastró más cerca, su rodilla rozando el muslo de Alma.

—Más arriba. Sí, ahí. ¿Sientes eso?

Alma asintió, sus ojos vidriosos. Un rubor intenso cubría su pecho y cuello.

—Se siente… pecaminoso —jadeó Alma—. Pero no puedo parar.

—No pares —susurró Eva, y su mano se movió sobre la de su hermana, guiándola en círculos lentos—. Así. Más lento. Siente cómo se hincha.

Alma gimió, un sonido que nunca habían hecho antes, un sonido animal que llenó la habitación silenciosa. Su espalda se arqueó del colchón.

—Eva… algo viene… algo…

—Déjalo —Eva se inclinó más, su aliento cálido en el oído de Alma—. Déjalo venir. Yo también lo siento.

Las dos hermanas gemelas se tocaron frente a frente, sus manos trabajando en sincronía, sus respiraciones entrelazándose. Eva usó su mano libre para agarrar la de Alma y la llevó a su propio cuerpo, colocando los dedos de su hermana sobre su propia hendidura húmeda.

—Tócame —susurró Eva—. Quiero sentir tus dedos en mí. Somos iguales, Alma. Somos la misma carne.

Alma exploró a su hermana con dedos torpes pero ansiosos, encontrando el pequeño nódulo erecto que Eva le había mostrado. Eva gimió, sus caderas empujando contra la mano de Alma.

—Así… justo así… más rápido…

—Esto está mal —jadeó Alma, aunque sus dedos no se detenían—. Las Escrituras dicen…

—Las Escrituras no saben de esto —interrumpió Eva, y su mano volvió al cuerpo de Alma, ambas tocándose mutuamente ahora—. Esto es solo nosotras. Nuestra carne. Nuestro secreto.

Sus bocas se encontraron entonces, no como hermanas, sino como algo más antiguo y primitivo. No era un beso casto de buenas noches. Era lengua y dientes y saliva, un descubrimiento de que podían saborearse mutuamente.

Alma sintió que algo se construía dentro de ella, una tensión insoportable que necesitaba romperse.

—Eva… voy a… ayúdame…

Eva aceleró sus dedos, presionando el clítoris de Alma con la yema de su dedo medio mientras sus otros dedos acariciaban los pliegues húmedos.

—Ven —ordenó Eva, su voz extrañamente dominante—. Ven para mí, hermana. Quiero verte.

Alma explotó. Su cuerpo se convulsionó, sus muslos apretándose alrededor de la mano de Eva, un líquido claro salpicando la palma de su hermana. El orgasmo la atravesó como una ola de calor líquido, arrancándole un grito ahogado que Eva capturó con su boca.

—Eso es… eso es… —Eva jadeaba, su propio cuerpo al borde.

Alma, todavía temblando, empujó a Eva hacia la cama y se posicionó entre sus piernas. Con una audacia que no sabía que poseía, separó los pliegues de su hermana y sopló aire cálido sobre la carne expuesta.

—Alma… ¿qué…?

—Quiero saborearte —murmuró Alma, y luego su lengua se extendió, rozando el clítoris de Eva desde abajo hacia arriba.

Eva gritó, sus manos agarrando las sábanas con fuerza. Nunca había sentido algo así. La lengua de Alma era suave y caliente, diferente a sus propios dedos. Alma exploró con lengua y labios, descubriendo los sabores de su hermana gemela, la textura de sus pliegues, la forma en que se contraía cuando encontraba un punto particularmente sensible.

—Allí… justo allí… ¡Dios, Alma!

Alma usó sus dedos para abrir más a Eva, exponiendo el capullo rosado completamente. Lo tomó entre sus labios y succionó suavemente, imitando algo que había visto una vez en un folleto médico que su madre había tratado de esconder.

Eva se deshizo. Su orgasmo fue violento, sus caderas levantándose del colchón, empujando contra la boca de Alma. Un chorro de fluido salió de ella, empapando la barbilla y el cuello de su hermana. Alma no se apartó; siguió lamiendo, tragando, bebiendo a Eva hasta que esta se desplomó temblando contra el colchón.

Las dos gemelas yacieron en silencio durante largos minutos, sus cuerpos desnudos pegados por el sudor y los fluidos. El olor a sexo —un olor que no tenían nombre pero que reconocerían para siempre— llenaba la habitación.

—¿Esto nos hace malas? —preguntó Alma finalmente, su cabeza descansando en el pecho de Eva.

Eva acarició el cabello de su hermana, sus dedos todavía húmedos con el orgasmo de ambas.

—Nos hace vivas —respondió Eva—. Y nos hace nuestras.

Se quedaron dormidas entrelazadas, desnudas bajo las sábanas que su madre les exigía mantener puras, marcadas por un secreto que no podrían confesar ni en el reino de los cielos.

1 Lecturas/29 agosto, 2026/0 Comentarios/por Danielaxxx
Etiquetas: culo, hermana, madre, metro, mujer, orgasmo, padre, sexo
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