La primera vez siendo cornudo (1)
Fui cornudo .
La noche había empezado como cualquier otra salida de sábado. Tú y Elena habíais ido a ese bar de copas del centro donde siempre ponían música ochentera, la que a ella le volvía loca. Llevabais años de matrimonio, siete exactamente, y esa chispa de la que tanto hablaban los amigos parecía haberse convertido en algo más profundo, más oscuro, más perverso. Porque sí, llevabais meses, quizás años, jugando con la idea. Tú mirando cómo otros hombres la deseaban, cómo sus ojos se posaban en esas tetas perfectas, en ese culo redondo que ella lucía con vaqueros ajustados. Y Elena, coqueta como siempre, disfrutando de la atención, de provocar, de saber que podía tener a quien quisiera pero elegía volver a casa contigo.
Pero esa noche el alcohol fluyó con más intensidad de lo habitual. Los gin-tonics se sucedieron uno tras otro, y la conversación entre vosotros se volvió más atrevida, más descarada. Estabais sentados en la barra cuando apareció él. Un hombre de unos sesenta años, barrigudo, con la camisa mal abrochada sobre ese cuerpo que hacía tiempo había dejado de cuidar, la calvicie asomando bajo escasos mechones grises, y una cara que solo una madre podría querer. Feo de verdad. El tipo de hombre que en la calle pasaría desapercibido, o peor, que provocaría rechazo.
Pero Elena, ebria y juguetona, empezó a flirtear. Te miró a ti con esa sonrisa pícora que conocías tan bien, esa que decía «estoy provocando, ¿te atreves?». Y tú, con el valor líquido de la ginebra, le devolviste la mirada. Levantaste el vaso en un brindis silencioso, dándole permiso sin palabras.
—Me llamo Roberto —dijo él con voz ronca, sentándose a su lado sin pedir permiso.
—Elena —respondió ella, y su mano no se apartó cuando él la dejó sobre su muslo.
La conversación fue degenerando con cada copa. Roberto no era tonto, captó el juego inmediatamente. Sus manos empezaron a vagar, primero inocentes, luego más atrevidas. Tú mirabas, con la polla dura como el acero bajo los pantalones, mientras ese viejo gordo acariciaba a tu mujer delante de ti. Elena se excitaba con tu humillación silenciosa, con la vergüenza y el morbo mezclados en tu mirada.
—Vamos a casa —propuso ella al final, con la voz pastosa por el alcohol y la excitación—. Tenemos más bebida allí.
El trayecto en taxi fue un tormento. Roberto iba sentado en medio, y su mano grande y áspera no dejaba de acariciar el interior del muslo de Elena, subiendo cada vez más. Tú mirabas por la ventana, sintiendo cómo tu corazón martilleaba, cómo la mezcla de celos y deseo te consumía. Elena te cogió la mano por encima del asiento y te la apretó, guiñándote un ojo. Estaba disfrutando esto, puta hermosa.
En cuanto cruzasteis la puerta de casa, la tensión estalló. Elena se quitó el abrigo dejando ver ese vestido negro ajustado que realzaba sus curvas perfectas. Sus tetas, esas tetas de diosa que tú adorabas, esas 95 de copa que rebotaban con cada movimiento, amenazaban con salirse del escote. Ella se dio la vuelta, mirándote directamente a los ojos.
—¿Es esto lo que querías, cariño? —preguntó con voz burlona, mientras Roberto se acercaba por detrás y le agarraba las nalgas con ambas manos—. ¿Querías ver a otro hombre tocándome? ¿A este viejo cerdo usando tu mujer?
—Sí… —lograste balbucear, con la boca seca.
—Sí, ¿qué? —exigió ella, mientras Roberto empezaba a besarle el cuello, dejando marcas húmedas en su piel—. Dilo bien.
—Sí, quiero verte con él —confesaste, sintiendo cómo la humillación te excitaba más de lo que jamás admitirías—. Quiero verte follando con ese viejo.
Elena soltó una carcajada y se giró hacia Roberto, agarrándole la cara con ambas manos y besándolo con una pasión que nunca te había mostrado así, tan salvaje, tan desinhibida. Sus lenguas se enredaban, y el viejo gemía como el cerdo que era, metiéndole las manos por debajo del vestido.
—Vamos al dormitorio —ordenó ella, tomando la mano de Roberto y guiándolo, mientras te señalaba con el dedo—. Tú, quédate aquí un momento. Quiero que entres cuando yo te diga.
Esperaste cinco minutos que se hicieron eternos. Los sonidos llegaban desde la habitación: risas, gemidos, el sonido de la ropa siendo arrancada. Cuando Elena gritó «¡entra!», subiste las escalas con las piernas temblando.
La escena te dejó sin aliento. Elena estaba desnuda sobre la cama, completamente desnuda, mostrando ese cuerpo escultural que habías disfrutado durante años pero que ahora parecía nuevo, ajeno, prohibido. Estaba depilada completamente, el coño resbaladizo y brillante de humedad. Y allí, entre sus piernas, Roberto estaba arrodillado, con su polla fuera.
Y vaya polla. A pesar de su edad, de su barriga, de su fealdad, el viejo tenía una herramienta impresionante. Gruesa, larga, con las venas marcadas y la punta ya goteando presemen. Era más grande que la tuya, considerablemente más grande, y Elena la miraba con hambre pura.
—Mira lo que tiene este señor, amor —dijo ella, agarrando esa polla con su mano pequeña y delicada, comparando el tamaño—. Mira lo que se me va a meter dentro. ¿Tú crees que voy a sentir algo contigo después de esto?
—Por favor… —gemiste, sin saber si pedía que parara o que siguiera.
—Por favor, ¿qué? —se burló ella, guiñándole un ojo a Roberto—. Ven aquí, ponte de rodillas al lado de la cama. Quiero que veas bien cómo se la chupo a este viejo.
Obedeciste como un perro. Te arrodillaste en la alfombra, a escasos centímetros de la acción, mientras Elena se incorporaba y tomaba esa polla con ambas manos. La acarició lentamente, mirándote a los ojos, disfrutando cada segundo de tu humillación.
—Es tan grande, cariño —suspiró, lamiendo la punta con la punta de la lengua—. Huele diferente a ti. Más fuerte, más de hombre.
Y entonces se la metió en la boca. Joder, cómo la chupaba. Elena siempre había sido buena, pero contigo nunca había mostrado esa voracidad. Ahora se la metía hasta el fondo, tragándose casi toda esa polla enorme, haciendo ruidos húmedos y obscenos que llenaban la habitación. Roberto echaba la cabeza hacia atrás, gruñendo como un animal, con las manos en la cabeza de tu mujer, guiando sus movimientos.
—Así, puta, así —gruñía él—. Chupa bien, que llevo meses sin follar y voy a llenarte de leche.
Elena se apartó un segundo, con la saliva cayendo de su boca, los labios hinchados, la mirada vidriosa de excitación.
—¿Oyes eso, amor? —jadeó—. Va a llenarme. Sin condón. Va a echarme toda su leche dentro. ¿Te pone eso? ¿Que te engañe así, delante de ti, con este viejo cerdo?
—Sí, joder, sí —admitiste, masturbándote por encima de los pantalones.
—Quítate los pantalones —ordenó ella—. Quiero verte la polla mientras me folla. Pero no te toques. Solo mirar.
Te desvestiste rápidamente, sintiendo la vergüenza de tu propia erección, más pequeña y menos impresionante comparada con la que Elena seguía devorando. Roberto la empujó hacia atrás, haciéndola caer sobre la cama, y se situó entre sus piernas.
—Está muy mojada, amigo —dijo el viejo, mirándote por primera vez con una sonrisa de victoria—. Tu mujer me desea más de lo que nunca te deseó a ti.
Y entonces la penetró. De una sola embestida, hundiendo toda esa polla enorme en el coño de Elena, que gritó como nunca la habías oído gritar. Un gemido agudo, animal, de placer intenso y dolor mezclados. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y Roberto se agarró a ellas con fuerza, apretando esos pezones duros mientras la follaba sin piedad.
—¡Joder, qué grande! —gritaba ella—. ¡Fóllame, fóllame más fuerte, señor!
—¿Te gusta, puta? —gruñía él, acelerando el ritmo, sus bolas golpeando contra el culo de tu mujer—. ¿Te gusta más que la polla de tu marido?
—¡Mil veces mejor! —respondió ella sin dudar, mirándote directamente a los ojos con una mezcla de locura y amor—. ¡Es el doble de grande que la de mi marido! ¡Me está destrozando!
Seguías arrodillado, con la polla dura y dolorida, viendo cómo otro hombre, viejo y feo pero dotado, usaba el cuerpo de tu mujer como un juguete. Elena se volvió loca, empezó a masturbarse mientras la follaba, buscando más estimulación, más placer.
—Córrete dentro de mí —suplicó ella—. Quiero sentir tu leche caliente. Mi marido quiere verlo.
—Todavía no, puta —gruñó Roberto, sacándose de golpe—. Quiero probar ese culo. He visto cómo lo miras, cómo te pone que te lo coman. Dime que quieres que te folle el culo.
—Sí, fóllame el culo —rogó Elena, volviéndose para ponerse a cuatro patas, ofreciendo ese culo perfecto y redondo—. Fóllame el culo delante de mi marido. Enséñale cómo se folla a una mujer de verdad.
Roberto escupió sobre su agujero y luego sobre su polla, preparándose. Tú viste con horror y excitación cómo empujaba lentamente, cómo el ano de Elena se abría para recibir esa polla enorme, cómo ella gemía y se mordía el labio del esfuerzo.
—Duele… —gimió ella—. Duele tanto… pero me encanta… sigue, por favor…
El viejo empezó a moverse, primero despacio, luego con más ímpetu. El sonido de sus embestidas contra ese culo perfecto llenaba la habitación, mezclado con los gemidos de Elena, que se había vuelto loca, que se frotaba el clítoris frenéticamente.
—Míralo, cornudo —dijo Roberto, mirándote por encima del hombro—. Mira cómo tu mujer disfruta con mi polla en el culo. Dile lo que eres.
—Soy un cornudo —admitiste, sintiendo la humillación más dulce de tu vida—. Soy un cornudo y me encanta ver cómo me follan a mi mujer.
—¡Sí! —gritó Elena—. ¡Eres mi cornudo! ¡Mi cornudo de mierda! ¡Fóllame, Roberto, fóllame como mi marido nunca podría!
El viejo aceleró, entrando y saliendo de ese culo con una brutalidad que te sorprendió. Elena gritaba sin control, unos gritos que nunca había emitido contigo, orgasmos múltiples que la hacían temblar y contraerse alrededor de esa polla invasora.
—Me voy a correr —avisó Roberto, agarrando con fuerza las caderas de Elena—. ¿Dónde quieres que lo haga, puta?
—Dentro… dentro de mi culo… —jadeó ella—. Lléname de leche, señor…
Y se corrió. Viste cómo su cuerpo se tensaba, cómo empujaba hasta el fondo, cómo sus bolas se contraían. Elena sintió cada chorro caliente llenándola, y gritó de placer, de posesión, de sumisión absoluta.
—¡Sí, sí, sí! —repetía como un mantra—. ¡Lléname, lléname!
Cuando Roberto se retiró, viste el resultado de su orgasmo: su semen blanco y espeso saliendo del ano de tu mujer, cayendo sobre las sábanas que tú mismos habíais elegido juntos. Elena se derrumbó sobre la cama, jadeante, con el pelo pegado al sudor de la frente, completamente usada y satisfecha.
Roberto se vistió sin prisa, mientras tú seguías arrodillado, con la polla a punto de explotar sin haberte tocado.
—Gracias por la velada —dijo el viejo, dándole una palmada en el culo a Elena—. Cuando quieras repetir, ya sabes dónde encontrarme.
Y se fue, dejándoos solos. Elena se giró hacia ti, con esa sonrisa satisfecha de gata que ha comido el canario.
—Ven aquí, cornudo —dijo con voz dulce—. Límpiame.
Y te acercaste, obediente, dispuesto a lamer cada rastro de ese encuentro, sabiendo que vuestra vida sexual nunca volvería a ser la misma, y agradeciéndolo con cada caricia de tu lengua sobre su piel usada, sobre sus agujeros llenos del semen de otro hombre, sabiendo que finalmente habíais cruzado esa línea y que no había vuelta atrás.

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!